—¿Qué debo contestar á Daga?—preguntó mirándose atentamente en el espejo.
—Que si vuelve y estoy en casa, le echaré escaleras abajo. ¿Entiende?
—¿Pues sabes, chiquillo, que me quedo sin entender una palabra de nada?—dijo Anania como si hablara con su imagen reflejada por el espejo.
—¡Señora María, espere un poco!—gritó corriendo hacia la puerta.—¡No se marche sin explicarme!... ¡Qué manera de dejarle á uno! Venga.
Pero ella desaparecía en lo obscuro de la antesala, desabrochándose el cinturón y soplando por el calor y la rabia.
—Venga usted, oiga...—repetía el estudiante agitando el peine que aún tenia en la mano.—Oiga...
Ella no contestó.
—¡Ya entiendo! Le habrá hecho alguna proposición...—pensó Anania, cerrando la puerta.—¡Qué muchacho más endiablado! ¿Y á mí qué me importa? Cada cual tiene sus cosas.
Y volvió frente al espejo.
NOTAS: