Y se acercaba á la ventana, haciendo como si saltara sobre el antepecho.

—¡Aaaah!—gritaba la vieja, cómicamente asustada.—¡No se suba á la ventana, corazón mío! ¡Que se va á caer!... ¡Oh, Dios mío!

—Pues déme una tacita de café, sólo una tacita muy chiquitita, sino me pongo á volar. ¡Ay, qué rico está su café! ¿Cómo es que lo sabe hacer tan rico? Sólo mi madre, en Nuoro, lo hace tan bueno como usted.

La vieja, halagada lo indecible, le daba una taza de café, que resultaba muy exquisito por ser el primero que se sacaba de la cafetera.

—¡Dios mío, qué rico está!—decía Anania, abriendo la boca y poniendo los ojos extáticos.—¡Es tan bueno, que me da nostalgia!

—¿Qué es la nostargia?

—Un estremecimiento en el corazón, tía Bárbara, aquel estremecimiento que nos da cuando pensamos en el paraíso. ¡Ay, qué rico está el café! ¿Quiere usted venir conmigo? ¡Ea, en marcha! ¡Qué gusto!

La vieja suspiraba exageradamente. ¡Ah, si no fuese por el mareo!

—¿Eres muy rico?—preguntaba al estudiante.

—¡Toma! ¡ya lo creo!