La tía Bárbara seguía contando. Confundía la leyenda del castillo de Burgos con la del castillo de Galtelli. Mezclaba recuerdos históricos, transmitidos por tradición, con sucesos acaecidos durante su lejana infancia. Entre otras leyendas contaba la de aquel caballero extraviado en una gran llanura, que sólo al caer la tarde, oyendo el tañido de una campana, pudo encontrar un lugar habitado. La alegría del caballero, tan rico como infelizote, fué tal, que prometió dejar todos sus bienes á la iglesia de cuya campana había oído el sonido. Desde entonces, todas las tardes, la campana de la iglesia toca para que los hombres extraviados puedan encontrar el verdadero camino.

—¡Ésta es la leyenda de Santa María la Mayor!—decía Anania.

—¡No, corazoncito mío! Es la iglesia de Illorai! Hasta te puedo decir el nombre del señor extraviado! Se llamaba Don Gonario Arca.—¡Y los nuraghes!—proseguía, andando de un lado para otro, en la cocina caliente y húmeda.—¿Aún existen nuraghes? ¡Cuántos tesoros ocultos! Cuando los moros iban á la Cerdeña para robar las mujeres y el ganado, los sardos escondían las monedas en los nuraghes. Y tú, estúpido, ¿por qué no buscas tesoros en tus tancas?

Anania pensaba en su padre, que hacía poco le había escrito rogándole que visitara los museos «donde se conservan las antiguas monedas de oro».

—Una vez,—seguía diciendo tía Bárbara,—una vez fui á recoger espigas junto á un nuraghe. Me acuerdo como si fuera hoy. Me dió fiebre, y á la caída de la tarde tuve que tumbarme sobre el rastrojo, esperando que pasase algún carro que me llevara al pueblo. Y de pronto veo una cosa. Detrás del nuraghe, el cielo era de color de fuego; parecía una tela color de escarlata. De pronto veo un gigante en el patiu[41], que empieza á echar humo por la boca. Y en seguida el cielo se puso obscuro. ¡Nuestra Señora del Buen Consejo, qué miedo! Pero de pronto vi á San Jorge que llevaba la luna llena en la cabeza y en una mano una leppa más limpia que el agua. ¡Tiffeti taffati!—terminó diciendo, como si manejara un gran cuchillo de cocina.—San Jorge cortó la cabeza del gigante y el cielo se aclaró.

—Era la fiebre que le hacía ver tantas cosas, tía Bárbara.

—Sería la fiebre, pero yo vi al gigante y á Santu Jorgi. Sí, les vi con estos dos ojos,—afirmaba la vieja, poniéndose dos dedos en los ojos.

Después preguntaba si en los días de fiesta solemne, aún corrían los caballos por la falda de la montaña, montados por chiquillos medio desnudos, adornados con cintas de colores. Y si por San Antonio encendían hogueras, y si en medio de las hogueras colocaban palos, llevando en lo alto, rojos racimos de naranjas, granadas y madroños, y de los cuales colgaban ratones muertos.

Anania escuchaba con gusto los sugestivos cuentos y preguntas de la tía Bárbara; y á veces, mientras á dos pasos de distancia zumbaban los tranvías y se oía el amoroso maullido de los gatos entre las columnas del Panteón, se identificaba tanto con los recuerdos de la vieja, que le parecía sólo tener que asomarse á la puerta para encontrarse en un solitario paisaje sardo, en el terraplén de un nuraghe, guardado por las almas de los gigantes,—ó en la algazara salvaje de unas carreras en la Barbagia,—acompañado de un viejo pastor filósofo y contemplador, de alma grande como las nubes. En las palabras nostálgicas de la vieja desterrada, sentía el perfume de la tierra nativa, la brisa cargada de esencias salvajes del Orthobene y Gennargentu, y se sentía sardo, profunda y exclusivamente sardo.

—¡Ah, cómo me voy á divertir estas vacaciones!—decía á la vieja.—Voy á ir á todas las fiestas, quiero visitar el lugar donde nací; subiré al Gennargentu, al monte Rasu, al castillo de Burgos. Sí, sobre todo quiero subir al Gennargentu. ¡Vivirán aún fulano y zutano de Fonni! ¿Y los frailes, qué harán? ¿Y Zuanne?