Y de un modo inconsciente, se ponía nostálgico como la tía Bárbara.

—¿Y usted, no va á volver nunca á Cerdeña?—preguntó á María Obinu, un momento que entró en la cocina.

—¿Yo?—contestó ésta algo triste.—¡Jamás! ¡Jamás!

—¿Por qué? ¡Acérquese á la ventana y mire usted qué luna más hermosa! ¿No le gustaría ir en peregrinación á Nuestra Señora de Gonare, con una luna tan espléndida? Subir á caballo, poco á poco, atravesando bosques, bordeando precipicios, subiendo, siempre subiendo, mientras la ermita se dibuja sobre el cielo, arriba, arriba, muy arriba...

María movía la cabeza y hacía con los labios un mohín de indiferencia. La tía Bárbara, al contrario, se estremecía de pies á cabeza y alzaba los ojos, ¡como si buscara la ermita proyectada sobre el claro azul del cielo lunar, arriba, arriba, muy arriba!...

—¡Excepto usted y las personas que le aprecien...—exclamaba María maldiciendo,—y excepto las iglesias y los devotos de Nuestra Señora... que el fuego arrase la Cerdeña antes de que yo vuelva por allá!

—¿Pero por qué?

Tía Bárbara, atenta á la cocina, cerraba los ojos con infinita piedad, no pudiendo protestar contra el odio que el ama sentía por la patria lejana.

—¡Ah, corazón mío!—dijo á Anania, apenas María se hubo marchado.—¡Tiene mucha razón! Allí la asesinaron...

—¡Pero si está tan viva, tía Bárbara!