Aquella noche tuvo un ataque de fiebre,—tal vez producido por el filtro malsano, si bien poético, de los largos sueños que casi todas las tardes fantaseaba en el silencio del Coliseo,—y en la calentura creyó ver muchas veces á María inclinada sobre la almohada. ¿Era delirio ó realidad? La luz de la luna y el reflejo de una ventana iluminada, alumbraban vagamente el cuarto del calenturiento. Además de la figura de María, veía un caballero en traje del siglo XVIII con una bandeja, en la cual había una copa de champagne y el amuleto de Olí; y al propio tiempo que veía que la figura del caballero, inmóvil en la penumbra, era irreal, la figura de la mujer le parecía bien real. Quería encender la vela, pero no podía moverse. Creía estar acostado al borde de un abismo, sobre una piedra que, atraída por una fuerza oculta, corría vertiginosamente, seguida por todas las cosas que le rodeaban, hacia un punto al cual no se llegaba nunca.
Después de la primera aparición de María Obinu, pensó:
—Tengo fiebre, bien lo sé, pero no deliro. Era ella. He hecho mal en fingir que dormía. Debía haber fingido el delirio á ver qué hacía. Si por lo menos volviese... ¿Si la sugestionara?... ¡Ven! ¡ven!—empezó á decir, invocándola, hablando en voz queda, esforzándose en imponerle su propia voluntad.—¡Ven, ven, María Obinu! ¡Quiero que vengas!
Pero ella no vino en seguida, y en cambio, la carrera extraña de la piedra, sobre la cual le parecía estar acostado, redoblaba su velocidad. Visiones apocalípticas, nubes monstruosas, surgían, se perseguían, se mezclaban, desaparecían en el fondo del abismo fantástico, hacia donde el alma del enfermo miraba espantada. Entre otras cosas, veía el nuraghe y el San Jorge del sueño febril de la tía Bárbara; pero la luna huía de la cabeza del santo y volaba hacia el cielo. Otras dos lunas, rojas é inmensas, la seguían. Era inminente un cataclismo. Un gentío enorme se apretaba en una playa, azotada por un mar tempestuoso. Las olas eran caballos marinos luchando contra espíritus invisibles. De repente un alarido salió del mar: ¡La suegra! ¡La suegra! Anania se estremeció horrorizado, abrió los ojos y le pareció tenerlos azules.
—¡Qué estupidez!—pensó.—¿Por qué la fiebre hará ver cosas tan extrañas?
María Obinu volvió á abrir la puerta, avanzó calladamente y se inclinó sobre el calenturiento.
—¡Ahora á fingir bien!—pensó, y empezó á quejarse débilmente. La mujer permaneció inmóvil.
—¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío!—decía el estudiante suspirando fuerte.—¿Quién me pega en la cabeza? ¡Dejadme, no me matéis! La luna ya se marcha. ¿Te acuerdas, mamá? Tú me enseñabas la canción:
Luna lunera,
Cascabelera...[42]
¿Por qué no quieres decirme que eres mi mamaíta? ¡Dímelo! Si de todos modos yo lo sé, sé que tú eres mi mamaíta, pero debes decírmelo tú también. ¿Ves aquel caballero, con el amuleto que me diste aquella mañana? ¿Es posible que no te acuerdes de aquella mañana, cuando bajábamos... y los pinzones cantaban entre los húmedos castaños, y las nubes volaban hacia el monte Gonare? ¡Sí, sí que te acuerdas! Dime que sí... no tengas miedo... Yo te quiero mucho. Viviremos siempre juntos. Contesta.