La mujer callaba. El enfermo fué asaltado de un verdadero espasmo de ternura y angustia, y empezó á delirar de veras.
—Madre,... madre mía, habla; no me hagas sufrir de esta manera; ya no puedo más. ¡Si tú supieras cómo sufro! ¿Tú eres Olí, no es verdad? Es inútil que digas que no; tú eres Olí. ¿Qué has hecho hasta ahora? ¿Dónde tienes tus cartas? Ó si no, no hablemos del pasado. ¡Todo ha terminado! Ahora ya no nos separaremos nunca más... ¿Pero te marchas? No, no, ¡por Dios! espera... no te marches...
Se incorporó sobre la cama, con los ojos extraviados, mientras la figura se alejaba lentamente y desaparecía... El caballero con la bandeja seguía allí mismo, inmóvil en la penumbra, y todas las cosas daban vueltas á su alrededor.
La visión volvió más tarde, y volvió á desaparecer. Anania siguió lamentándose, gimiendo infantilmente, seguro de haber visto á su madre. Y conservó esta impresión, dulce y angustiosa, hasta después de desaparecer la fiebre.
Al día siguiente despertóse tarde, y aun cuando tenía el cuerpo como si le hubiesen pegado una paliza, se levantó y salió sin tratar de ver á María.
Durante tres ó cuatro noches la fiebre siguió atormentándolo, pero entre los fantasmas de sus pesadillas no volvió á presentarse la figura de aquella mujer. Esto le dió mucho que pensar. ¿De modo que había sido una aparición real? Y debía tener miedo después de cuanto le había dicho durante la primer noche, y por esto no volvía.
Todos los días, antes de salir y al volver, agotado por la fatiga y tensión nerviosa de los exámenes, siempre algo calenturiento, se proponía descifrar el enigma, pero siempre en vano. Pensaba:
—Ahora la llamaré, la suplicaré, le haré mil preguntas, la amenazaré; le diré que la policía me ha informado de su pasado verdadero, armaré un escándalo. Ella hablará... ¿Y si es ella?
Y, como de costumbre, esta hipótesis le entontecía y daba miedo. Á veces pensando en el momento de la revelación, imaginaba una escena dramática entre él y su madre; á veces le parecía que ni una sola fibra de su corazón se conmovía. Pero al verla, pálida y sonriente, con su modesto vestido obscuro, siempre atareada en los cuartos de los huéspedes ó en la cocina, siempre tranquila, inconsciente, casi insensible, sentía helarse la sangre en sus venas.
Un velo caía entre él y la aparición real del fantasma que tanto le atormentaba. En lugar de la escena violenta ó del drama sentimental que tantas veces había imaginado, se desarrollaba entre él y la patrona una conversación insulsa, con la inevitable intervención de la tía Bárbara.