Hasta pocos momentos antes de partir no tomó la solemne resolución de dejar en suspenso, hasta la vuelta, todas las pesquisas y los vanos proyectos. Se encontraba cansado, quebrantadísimo. El calor, los exámenes, la fiebre y tanto preocuparse, le habían agotado.
—Descansaré,—pensaba, al preparar rápidamente su equipaje, y recordando, algo irónicamente, los largos preparativos de la primera vez que salió de Nuoro.—¡Cómo voy á dormir estas vacaciones! Tengo necesidad de dormir, olvidar, descansar, restablecerme. No quiero ponerme neurasténico. Subiré á las montañas nativas, al Gennargentu, virgen y salvaje. ¡Cuánto tiempo hace que sueño con esta excursión! Visitaré á la viuda del bandido, á Zuanne, al hijo del cerero. ¿Y el patio del convento?... ¿Y aquel carabinero que cantaba
para ti este rosario?
El pensamiento de ver dentro de poco á Margarita, de poderla besar y sumergirse en su fresco amor como en un baño perfumado, le producía una dicha tan intensa que le hacía estremecer. Trataba de huir de aquella placidez devoradora; pero, alejada de la mente, le corría por sus venas, vibraba en sus nervios, y llenaba su corazón hasta producirle una sensación dolorosa.
Momentos antes de marchar, la tía Bárbara le dió un pequeño cirio para que lo llevara á la Basílica de los Mártires de Fonni, y María una medalla bendecida por el Pontífice.
—Si usted no la quiere, descreído, llévela á su madre,—dijo sonriendo, algo conmovida.—Adiós. Que tenga buen viaje y vuelva pronto. Ya sabe que el cuarto estará siempre á su disposición. Que le vaya bien, y escríbame.
—Adiós,—contestó Anania, tomando la medalla;—ruegue por mí á las Benditas Ánimas del Purgatorio.
—Pierda usted cuidado,—dijo ella, amenazándole con un dedo.—Le protegerán contra las tentaciones.
—Amén. ¡Hasta la vuelta!
—¡Hasta la vuelta!—gritó desde abajo de la escalera, mientras María, inclinada sobre el pasamanos, le saludaba aún.