Al llegar á la calle pensó en volver atrás para ver si lloraba. Se paró un momento. Después prosiguió hacia la plaza, seguido por la tía Bárbara, que iba llorando.

—¡Hijito de mi corazón!—decía la vieja,—saluda en mi nombre á la primera persona que encuentres en tierra sarda. Buen viaje y acuérdate de llevar el cirio.

Le acompañó hasta el tranvía, á pesar del miedo que le producía, y le besó en la mejilla, llorando amargamente. Anania recordó el beso de Nanna, la borracha, antes de marchar de Nuoro; pero esta vez se conmovió y abrazó á la tía Bárbara, pidiéndole perdón por si alguna vez la había hecho enfadar.

Después todo desapareció: la vieja que, al despedir al joven, lloraba su destierro de la patria querida; la calle melancólica donde se alzaba la casa en que vivía María; la plaza entonces desierta y sofocante; el Panteón triste como una tumba ciclópea; los gatitos adormilados entre las grandes ruinas..., y Anania, con la cara refrescada por un soplo de viento, se sintió feliz, como si acabara de librarse de una pesadilla.

NOTAS:

[41] Una especie de terraplén que rodea casi todos los nuraghes.

[42] En el original:

Luna luna,
Porzedda luna.

VI

Antes de bajar á cenar, Anania se asomó á la ventanita de su cuarto y quedó sorprendido del profundo silencio que reinaba en el patio, en el barrio, en el pueblo, por todas partes, cerca y lejos, hasta el horizonte. Le hizo el efecto de haberse vuelto sordo, y sintió una triste opresión. Pero la voz de la tía Tatana resonó en el patio, bajo del saúco.