—Nania, hijo mío, baja.
Bajó, y al llegar á la cocina sentóse ante una mesita preparada sólo para él. Sus «padres», según costumbre, comían sentados en el suelo ante una cesta llena de comida y de una gran hogaza.
Nada había cambiado. La cocina la misma de siempre, pobre y oscura, pero limpia; con el hogar en el centro, las paredes adornadas de cacerolas y cuchillos de cocina, grandes cestas, cribas, cedazos y otros utensilios para cerner la harina; en una esquina había dos sacos llenos hasta los bordes de cebada; cerca de la puerta abierta de par en par estaba colgada la tasca (bolsa) de cuero para llevar la semilla y la comida del labrador.
Un lechón gruñía débilmente y daba tirones á la cuerda que le sujetaba al saúco del patio.
Un gatito rojizo se acercó tranquilamente á la mesita y empezó á bostezar, alzando sus ojazos amarillos hacia Anania que miraba por todas partes con cara de asombro. No, nada había cambiado; y sin embargo, sentía la impresión de encontrarse por vez primera en aquel ambiente, con aquel labrador de ojos aún brillantes y de largos cabellos grasientos, y con aquella viejecita graciosa, gorda y blanca como una paloma.
—¡Por fin estamos solos!—dijo Anania grande, que comía la ensalada cogiéndola sencillamente entre dos pedazos de hogaza.—¡Ya verás, cómo no te van á dejar en paz! Atonzu por aquí, Atonzu por allá. Sí, ahora eres un hombre importante, porque has estado en Roma. Hasta yo cuando regresé del servicio...
—¡Vaya unas comparanzas!—protestó algo indignada la tía Tatana.
—¡Y qué, déjame acabar! Me acuerdo que encontraba alguna dificultad en hablar en dialecto. ¡Me parecía estar en un mundo nuevo!
El estudiante miró á su padre y sonrióse.
—¡Lo mismo me pasa á mí!—dijo.