—¡Tú, tú menos mal! Yo tuve que acostumbrarme de nuevo; pero tú, antes de tres días estás harto de este pueblucho... y... y...

La anciana le miró frunciendo las cejas, y cambió rápidamente de conversación.

—¡Y qué grande es aquella endiablada Roma! ¿verdad? Dame el vaso, viejecita mía. ¡Vaya una cara que pones! ¿Porque tenemos en casa un hombre de tanta importancia?

Pero Anania había olido algo y dijo gravemente:

—¿Qué pasa? Diga, diga, ¿qué dicen de mí?

—¡Nada, nada! Déjales ladrar...—contestó la tía Tatana.

El joven se turbó; creyó durante un instante que en Nuoro sabían algo de María Obinu. Dejó el tenedor en el plato y declaró que no seguiría comiendo si no hablaban...

—¡Qué impetuoso eres! ¡No has cambiado!—observó la anciana.—Decía el rey Salomón que el hombre impetuoso era igual al viento...

—¡Aún dura el rey Salomón! ¡Creía que ya se había olvidado de él!—dijo el joven con voz burlona.

Tía Tatana se calló, ofendida; el marido la miró, después miró á Anania y quiso reprenderle.