—El rey Salomón decía siempre verdades.—Después añadió rápidamente:—Pues dicen en Nuoro que tienes amores con Margarita Carboni.
Anania se ruborizó; volvió á coger el tenedor, empezó á comer automáticamente y murmuró:
—¡Qué estúpidos!
—¡Oye, no, no son tan estúpidos!—dijo el padre mirando dentro del vaso medio lleno de vino.—Si la cosa es verdad, tienen razón en murmurar, porque tú debes hablar francamente al amo y decirle: «Padrino y protector, yo ahora soy un hombre; perdóneme que le haya ocultado mis esperanzas, como las tenía ocultas á mis padres».
—¡Cállese! ¡Usted no entiende estas cosas!—exclamó enfadado y colérico el joven.
—¡Ah, Santa Catalina mía!—suspiró la tía Tatana que ya había perdonado la interrupción de antes.—Déjale en paz al pobre muchacho; ¿no ves que está cansado? Ya tendrás tiempo de hablarle de estas cosas; tú eres un campesino y un ignorante que no entiende de nada.
El campesino bebió, movió la mano como diciendo «calma, calma», y después habló con voz tranquila:
—Sí, yo soy un ignorante y mi hijo es instruido; ¡está bien! Pero yo soy mucho más viejo que él. Mis cabellos, míralos (cogió un mechón, lo acercó á sus ojos, buscó y arrancó un cabello blanco) empiezan á volverse blancos. La experiencia de la vida hace al hombre más instruido que un doctor. Pues bien, hijo mío, yo te digo una sola cosa; interroga tu conciencia, y verás cómo ésta te dice que no se debe engañar á nuestro bienhechor.
El estudiante dió tan fuerte con el vaso sobre la mesa, que el gatito pegó un salto.
—¡Qué estúpidos! ¡Qué estúpidos!—gritó, después de haber suspirado fuerte; pero vió que su padre, que aquel hombre inconsciente y primitivo tenía razón.