—Sí, hijo mío,—prosiguió el almazarero, echándose hacia atrás sus grasientos cabellos,—tú debes ir á buscar al amo, besarle la mano y decirle: «Yo soy hijo de un pobre, pero por obra de vuestra bondad y de mi talento llegaré á ser doctor, rico y todo un caballero. Yo amo á Margarita, y Margarita me quiere; la haré feliz, la recompensaré por haberse rebajado á escoger por esposo al hijo de su criado. Vuestra Señoría nos bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».
—¿Y si en vez de bendecirle le da un puntapié y le echa como si fuera un perro?—preguntó la anciana.
Aun cuando esta duda fuese poco lisonjera para él, Anania se echó á reir algo nerviosamente; después se puso serio y escuchó la respuesta del padre.
—¡Vete allá, mujeruca—exclamó con algo de desprecio el molinero, echándose más vino,—tu rey Salomón también decía que las mujeres no saben lo que se dicen! Y si yo hablo es porque antes he pesado bien mis palabras. El amo bendecirá.
—¡Pero si no hay nada!—exclamó Anania, lleno de gozo. Se levantó, se acercó á la puerta y empezó á silbar; no sabía lo que le pasaba, sentía el corazón palpitarle fuerte, inundado de una oleada de felicidad; hubiese querido interrogar á su padre, revelárselo todo, pero no podía. «El amo bendecirá». Para poder afirmarlo tan categóricamente, sus razones debía tener. ¿Qué había pasado? ¿Por qué Margarita nunca había hecho referencia á las buenas disposiciones de su padre? Y si ella no sabia nada, ¿cómo podía saberlo un criado?
—Dentro unas cuantas horas la veré, y lo sabré todo,—pensó Anania, y todas sus dudas, el ansia, el cansancio del viaje, y la misma alegría de las nuevas esperanzas se borraron ante el dulce pensamiento: «Dentro de poco la veré».
Al débil empuje de la mano del joven, el portalón se abrió silenciosamente.
—Bien llegado—murmuró la criada que protegía la correspondencia de los dos enamorados.—Ella vendrá en seguida.
—¿Cómo estás?—dijo con voz conmovida.—Mira, toma un recuerdo que te traigo de Roma.