—Eres más ligera que una pluma—afirmó él galantemente.—¿Pero es de veras que estamos juntos?—repitió después, siempre con más fogosidad.—¡Ah, me parece un sueño! ¡Cuántas veces he soñado este mismo momento, que me parecía no tenía que llegar jamás! ¡Y ahora, estamos juntos, juntos, juntos! ¿entiendes? ¡juntos! Me parece enloquecer. ¿Pero eres de veras tú, Margarita? ¿pero es de veras que te tengo aquí, sobre mi corazón? Habla, dime algo, pínchame con un alfiler; si no creeré que estoy soñando.
—¿Qué quieres que te diga? Á ti te toca contarme muchas cosas. Yo te lo he escrito todo, todo: habla tú, Nino; ¡tú sabes hablar tan bien! Cuéntame cosas de Roma; habla tú, yo no sé...
—¡No, no! tú sabes hablar muy bien. ¡Tienes una voz tan dulce! Nunca he oído hablar á una mujer como tú hablas...
—¡No digas mentiras!...—exclamó Margarita muy juiciosamente. Pero Anania no creía mentir, y con la buena fe de su delirio amoroso siguió diciendo:
—¡Te juro que no miento! ¿Para qué mentir? Tú eres la más hermosa, tú la más noble, tú la más buena de todas las mujeres. ¡Si supieras cómo pensaba en ti, cuando las hijas de mi patrona, durante los primeros meses de estancia en Roma, nos venían á buscar á mí y á Bautista Daga! Me parecía estar junto á criaturas apestadas, y pensaba en ti, como si fueras una santa, suave, pura, fresca y bella.
—Pues ahora, yo... también...—observó ella.
—¡Es otra cosa! No blasfemes, Margarita—exclamó.—Ves, me enfado cuando estás fría. Nosotros somos esposos; ¿no es verdad que somos esposos? Dime que sí.
—Sí.
—Di que me amas.
—Sí.