—¡No lo sé!—y en su acento Anania vió algo triste, raro, que no llegó á comprender. ¿Qué pasaba? ¿El alma de la muchacha se le cerraba para ocultarle un secreto desagradable? Este pensamiento le turbó profundamente; su mente corrió hacia ella, hacia el lejano fantasma, preguntándose si sería la terrible sombra que se interponía entre él y la familia de Margarita.

—Oye—dijo, pensativo, acariciándole distraídamente la mano:—debes contestarme sinceramente. ¿Qué pasa? ¿Puedo ó no aspirar á ti? ¿Puedo seguir esperando? Tú ya sabes quién soy: un pobre, un protegido de tu familia, el hijo de uno de tus criados.

—¡Qué cosas dices!—exclamó, más nerviosa que triste.—Tu padre no es precisamente un criado, ¡y aun cuando lo fuera, es un hombre honrado y basta!

—¡Un hombre honrado!—repitió para sí Anania, herido en el alma.—¡Oh, Dios mío, pero ella, ella no es una mujer honrada!

Y en seguida pensó que si Margarita hablaba de aquel modo, era porque no se acordaba de aquella mujer, que tal vez la familia Carboni daba por muerta.

Indudablemente había otra cosa.

—Margarita—insistió, esforzándose en vano para conservarse tranquilo,—es preciso que me abras toda tu alma y me guíes y me aconsejes. Dime qué debo hacer. ¿Debo esperar? ¿Debo hacer algo? Mi orgullo y mi conciencia me dicen que debo presentarme á tu padre y contárselo todo; de otro modo puede considerarme como un traidor, como un hombre sin honor y sin lealtad. Pero yo seguiré tus consejos; todo, antes que perderte. Sería mi muerte, mi muerte moral. Yo soy ambicioso, y lo digo en voz alta, porque si tú no me abandonas, mi ambición no será estéril. Yo no soy ambicioso como tantos otros jóvenes, especialmente sardos, que quisieran llegar en seguida y, no pudiendo, sufren, y se consumen envidiando ferozmente á los que ya han llegado. Por ejemplo, Bautista Daga. En su envidia llega hasta al odio; me acuerdo de la noche que en el Costanzi estrenaron Le Maschere. Nosotros estábamos en el atrio, entre una muchedumbre ansiosa; á medida que llegaban noticias del desastre, Bautista temblaba de alegría. Yo, en cambio, no soy envidioso; tengo calma para esperar y llegaré. No seré célebre, pero estoy seguro de que llegaré á conquistarme un puesto elevado en la sociedad. Apenas me haya licenciado me presentaré á las mejores oposiciones; viviremos en Roma, donde estudiaré y lucharé. Y todo por ti. Creo que en el fondo de la ambición de todos los hombres hay siempre una mujer; muchos no se atreven á confesarlo; yo lo digo francamente y me enorgullezco de ello. Siempre te lo he dicho, ¿verdad?

—Sí—respondió Margarita, algo embriagada por las promesas del joven.

Él prosiguió:

—Tú eres el móvil de mi vida; hay hombres que viven por el amor, como otros por el arte, la gloria, la vanidad; yo soy de los primeros; me parece haber amado siempre, desde que nací, y que amaré siempre aun cuando tenga que vivir hasta la extrema vejez. Y siempre, siempre á ti. Si me llegases á faltar, no tendría fuerzas, ni voluntad para nada; moriría moralmente y tal vez de veras. Pero si tú me dijeras: «Amo á otro», entonces yo...