—¡Basta! ¡Cállate!—dijo con voz de mando Margarita.—¡Ahora eres tú quien blasfema! ¿Llueve?

Una gota de agua había caído sobre sus manos juntas. Ambos alzaron la cabeza y miraron las nubes que pasaban más lentas, más densas, cual misteriosos monstruos de lento andar.

—Oye—dijo Margarita, hablando algo distraída y deprisa, como si tuviera miedo de que la lluvia interrumpiera la cita.—No estamos tan ricos como antes. Los asuntos de mi padre van mal. Además, ha prestado dinero á todos los que se lo han pedido, dinero que... no le devolverán jamás. Es demasiado bueno. Nuestro pleito con el Ayuntamiento de Orlei, aquel pleito eterno por los bosques incendiados, va tomando mal aspecto para nosotros; si lo perdemos, y así parece será, ya no seré rica.

—¿Por qué no me lo escribías?

—¿Para qué escribírtelo? Además, yo misma, hasta hace pocos días, lo ignoraba casi. ¡Oye, pero llueve de veras!

Se levantaron, refugiándose en la galería. Un relámpago brilló entre las nubes, y en su resplandor color de lila Anania vió á Margarita pálida como la luna.

—¿Qué tienes? ¿Qué te pasa?—preguntó estrechándola entre sus brazos.—No tengas miedo del porvenir. Si no eres tan rica, serás mucho más feliz. No temas.

—¡Oh no! Tiemblo porque mi madre, que tiene mucho miedo de los rayos, puede levantarse de la cama. Vete, vete...—dijo, empujándole dulcemente.—Vete...

Él obedeció, pero tuvo que esperar un buen rato bajo el portalón á que cesase de llover. Una penetrante sensación de alegría le iluminaba de cuando en cuando el alma, violentamente, como la luz metálica de los relámpagos alumbraba la noche. Recordó aquel día de lluvia, en Roma, cuando el pensamiento de la muerte le había atravesado el alma con la rapidez del rayo. Sí; el dolor y la alegría eran iguales; ambos quemaban.

Pero poco á poco, mientras se dirigía á su casa, bajo las últimas gotas de la lluvia, sentimientos menos egoístas le enternecieron.