—¡Cuán vil soy!—pensó.—Me alegro de la desgracia de mi protector. ¡Qué cosa más asquerosa es el corazón humano!
Al día siguiente muy de mañana, escribió una carta á Margarita exponiéndole muchos proyectos, uno más heroico que otro. Quería buscar lecciones para continuar sus estudios sin ser gravoso á su padrino; quería presentarse al señor Carboni para hacerle la petición de matrimonio; quería, por último, hacer comprender á la familia que le había protegido, que llegaría á ser su ayuda y su orgullo.
Mientras terminaba de escribir la carta, ante la ventana abierta, por donde entraban, con el silencio impregnado de rocío de la mañana, la fragancia de los campos refrescados por la lluvia nocturna, oyó á su espalda una risa reprimida, y volviendo la cara vió á Nanna, desastrada y vacilante, con los ojos llenos de lágrimas y la lívida boca abierta por la risa. Traía con las dos manos una taza llena de café, que corría el peligro de volcar á cada momento.
—Buenos días, Nanna. ¿Qué tal? ¿Aún no te has muerto?—gritó.
—¡Buenos días tenga su Señoría! ¡No he logrado sorprenderle! He rogado á la tía Tatana que me permitiera traerle el café. Ahí lo tiene. Llevo las manos limpias; sépalo su Señoría. ¡Oh qué alegría, qué alegría!—dijo riendo y llorando al mismo tiempo.
—¿Dónde está esta Señoría con quien hablas?—preguntó el estudiante, mirando por todas partes.—Espero que seguirás tuteándome como antes. Trae el café y cuéntame algo.
—¡Ah! nosotros vivimos en cuevas, como lo que somos, como bestias feroces. ¡Cómo puedo tutear á su Señoría que es un sol resplandeciente!
—¡Ah! ¿de modo que ya no soy un confite?—dijo bebiendo el café en la antigua taza de filete dorado, y pensando en la tía Bárbara.
—¡Bendito, bendito seas!... ¡Ah! perdone, pero siempre le veo como cuando era pequeñuelo. ¿Se acuerda de la primera vez que volvió de Cagliari? Margarita le esperaba en la ventana. ¿Cómo es posible que la luna no espere al sol?
Anania se levantó y colocó la taza sobre el antepecho de la ventana; después respiró fuerte. ¡Qué feliz se sentía! ¡Qué cielo tan azul, qué aire tan fragante! ¡Qué grandiosidad en el silencio de aquellas cosas tan humildes, en el ambiente aún no profanado por el soplo y el estruendo de la civilización! Hasta la tía Nanna no era la mujer horrible y asquerosa de un tiempo; bajo la capa inmunda de aquel cuerpo negro y mal oliente, saturado de alcohol, palpitaba un alma poética...