—¡Oye, oye estos versos!—dijo Anania, manoteando:
Ella era assisa sopra la verdura
Allegra; e ghirlandetta avea contesta:
Di quanti fior creasse mai Natura
Di tanti era dipinta la sua vesta.
E come in prima al giovin pose cura
Alquanto paurosa alzò la testa:
Poi con la bianca man ripreso il lembo
Levossi in piè con di fior pieno un grembo[43].
Nanna escuchaba, sin entender una palabra, y abría la boca para decir... para decir... y por fin lo dijo:
—Ya los había oído otra vez.
—¿Á quién?—exclamó Anania.
—...¡Á Eíes Cau!
—¡Embustera! Y ahora, márchate, pronto, pronto, si no te doy una paliza. No, espera; cuéntame todo lo que ha pasado en Nuoro durante mi ausencia.
Ella empezó á charlar, haciendo una extraña confusión de lo que le había pasado á ella con los sucesos más interesantes del país; á cada momento volvía á Margarita. Era la más guapa, la rosa más hermosa entre todas las rosas, el clavel, el confite. ¡Y sus vestidos! ¡Oh Santo Dios! no se había visto nunca nada tan maravilloso; cuando pasaba, la gente se la quedaba mirando como se mira una estrella con rabo. Un señor le había encargado á ella misma, que robara el lazo del zapato de Margarita para colocárselo sobre el corazón. La criada de casa Carboni decía que todas las mañanas su señorita encontraba en la ventana cartas de declaración atadas con cintas azules...
—Pero la rosa es única y no puede unirse más que con el clavel... ¡Ea! dame la taza... ¡Ah!—exclamó la borracha, dándose con la mano en la boca.—¡Es inútil! Como he visto á su Señoría cuando enseñaba la cola, ahora no puedo acostumbrarme á tratarle de usted...
—Oye, ¿y cuándo enseñaba yo la cola?—gritó Anania amenazándola.