La mujer escapó, tambaleándose, riendo y tapándose la boca; y poco después salió al corral y dijo vuelta hacia la ventana donde estaba asomado el estudiante:

—La cola de la camisita...

Anania seguía amenazándola; ella siguió tambaleándose y riendo. El lechón se había desatado y empezó á oler los pies de la borrachona; una gallina saltó sobre el lechón, picándole en las orejas; un gorrión se posó sobre el saúco, meciéndose elegantemente en el extremo de una rama.

Y el estudiante se sintió tan feliz que empezó á recitar en alta voz otros versos de Poliziano:

Portate, venti, questi dolci versi
Dentro all'orecchie della Ninfa mia;
Dite quante per lei lacrime versi,
E la pregate que crudel non sia;
Dite che la mia vita fugge via,
E si consuma come brina al sole...
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Recitando, sentía la impresión de ser ágil y ligero como el gorrión que se mecía en el extremo de una rama. Más tarde fué á la huerta donde pudo entregar á la criada de Margarita la carta que tenía preparada.

El huerto, húmedo aún por la lluvia nocturna, exhalaba un fuerte olor de tierra mojada y de hierba seca. Las orugas habían reducido las coles á manojos de extraños encajes grisáceos; las flores amarillas, parecidas á copitas de oro, de los higos chumbos se deshojaban; los malvaviscos salpicados de capullos y flores moradas, sin tallo, recortaban el fondo azulado del cielo con sus extraños dibujos. En el nacarado horizonte las montañas surgían vaporosas, sumergidos sus picos más altos en nubes de oro. En un rincón del huerto encontró Anania á Eíes Cau, borracho, envejecido, convertido en un montón de andrajos y le tocó con el pie; el infeliz alzó la cabeza, dejando ver su cara que parecía una máscara de cera ennegrecida, abrió un ojo vítreo, murmuró sus versos favoritos:

Cuando Amelia tan pura y tan blanca;

y dejó caer su cabeza, sin haber conocido al estudiante. Un poco más allá el tío Pera, completamente ciego, se obstinaba en extirpar las malas hierbas, que conocía por el tacto y el olor.

—¿Cómo se encuentra?—gritó Anania.