—Soy un cadáver, hijo mío—contestó el viejo.—No veo, ni oigo.
—Ánimo... se pondrá bien...
—En el otro mundo, donde todos nos curaremos, donde todos veremos y oiremos; ¡ah, hijo mío! no me importa no ver; cuando veía con los ojos de la cara, mi alma era ciega; y ahora en cambio, yo veo, veo con los ojos del alma. Pero cuéntame; ¿has visto al Papa?
Al salir del huerto, Anania siguió vagando por todo el barrio; ¡aquel rincón del mundo era siempre el mismo! El loco seguía sentado sobre una piedra, recostado en las paredes amenazando ruina, esperando el paso de Jesucristo; la mendiga miraba de reojo la puerta de Rebeca, sobre cuyo umbral la pobre criatura temblaba de fiebre y se vendaba sus llagas; maestro Pane, entre telarañas, aserraba tablas hablando en alta voz; en la taberna, Ágata, guapa como siempre, coqueteaba con jóvenes y viejos; Antonino y Bustianeddu se emborrachaban y de cuando en cuando desaparecían durante unos meses y volvían á aparecer con la cara algo más blanca, por haber estado á la sombra[1]; la tía Tatana preparaba dulces para su querido pequeño, soñando en el día en que tomaría el grado, y pasando revista á los presentes que enviarían los amigos y parientes; y Anania grande, en los días de descanso, sentado en medio de la calle bordaba un cinturón de cuero, y pensaba en los tesoros escondidos en los nuraghes.
No, nada había cambiado; pero el estudiante veía las cosas y los hombres como no los había visto nunca, y todo le parecía bello, de una belleza triste y salvaje. Pasaba y miraba como si fuera un extranjero; y en el cuadro cristalizado de aquellos tugurios negros y amenazando ruina, de aquellos seres primitivos, le parecía ser un gigante. Sí, gigante y pájaro al mismo tiempo; gigante por su superioridad, pájaro por su alegría.
Á últimos de Agosto, después de dudar mucho, Margarita consintió que Anania revelase sus relaciones al señor Carboni.
—Me parece que tu padre me trata de otra manera—dijo el estudiante;—estoy cohibido y tengo remordimientos. Me mira con mirada fría, escrutadora; no puedo soportar su mirada.
—Entonces, si te atreves, cumple... con tu deber—contestó Margarita, algo maliciosamente.
—¿Qué debo decirle?—preguntó el joven, completamente turbado.