—Lo que quieras; cualquier cosa que digas estará bien; cuanto más te confundas más efecto producirás. ¡Mi padre es tan bueno!

—¡De modo que puedo esperar!—exclamó Anania conmovido, como si hasta entonces hubiese dudado.—¿Es de veras? ¿Es de veras?

—¡Síí...!—dijo ella, con voz mimada, acariciándole el pelo de un modo casi maternal.

Él la estrechó entre sus brazos, cerró los ojos, escondió su cara sobre su espalda, concentrándose para ver toda la inmensidad de su fortuna. ¿Era posible? ¿Margarita sería suya? ¿De veras suya? ¿Suya en la vida real como lo había sido en sueños? Recordó aquel tiempo en que no se atrevía á confesar ni á sí mismo su amor; ¿y ahora?...

—¡Cuántas cosas pasan en el mundo!—pensó.—¿Pero qué es el mundo? ¿Qué es la realidad? ¿Dónde empieza el sueño y dónde la realidad? ¿Y no es posible que todo sea un sueño? ¿Quién es Margarita? ¿Y yo quién soy? ¿En qué consiste esta alegría misteriosa que me eleva, como la luna á las olas? ¿Y el mar qué es? ¿Siente el mar? ¿Vive? ¿Y la luna qué es? ¿Y todo esto es real?

Alzó la cara y se rió de sus preguntas. La luna iluminaba el patio; y en el silencio profundo de la noche diáfana, el canto trémulo de los grillos le hizo pensar en un pueblo de duendes pequeñísimos, sentados sobre las hojas humedecidas por el rocío y plateadas por la luna, que sonaban una cuerda sola de invisibles violines.

Todo era sueño y todo realidad. Anania creía ver los duendes músicos y al propio tiempo distinguía claramente la blusa color de rosa, la cadenita y las sortijas de Margarita. Le apretó la muñeca, puso un dedo sobre la perla de un anillo que llevaba en el dedo meñique, se puso á contemplar las uñas de las cuales distinguía las manchitas blancas; sí, todo era verdad, visible, tangible. La realidad y el sueño no tenían límites que les separaran; todo se podía ver, tocar y alcanzar, desde el sueño más disparatado al objeto menos visible...

En aquel momento le parecía que así como tocaba el anillo de Margarita, hubiese podido, con sólo alargar la mano, coger la luna, ó apretar dentro su puño el canto de los grillos.

Unas cuantas palabras de Margarita le señalaron, de nuevo, los límites entre el sueño y la realidad.

—¿Qué dirás á mi padre?—preguntó, siempre un poco burlona.—Vamos á ver, qué le vas á decir. «Padrino mío... yo... yo y... y su hija... su hija Margarita... tene... tenemos...».