—¡Cállate!—dijo él, avergonzándose al comprender que nunca tendría el valor suficiente para presentarse á su protector, y confesarle su amor...—No me atreveré jamás... confesó.—Se lo escribiré.

—¡Oh! ¡esto sí que no!—dijo Margarita, poniéndose seria.—Es preciso decírselo de palabra; se convencerá más fácilmente. Si tú no puedes, mandas á alguien.

—¿Y quién voy á mandar?

Margarita pensó un instante, y después dijo tímidamente:

—Á tu madre.

Comprendió que se refería á la tía Tatana, pero su pensamiento corrió á la otra, y le pareció que Margarita también pensaba en aquella mujer. Una sombra densa, una oleada de angustia le envolvió el alma; ¡ah, sí! la realidad y el sueño estaban bien separados por confines terribles; un abismo insuperable, igual al que existe entre la tierra y el sol, les separaba.

—Si por lo menos...—pensó rápidamente,—¡si pudiera hablar ahora! ¡Éste es el momento; si se me escapa, no lo encuentro otra vez! Tal vez aquel abismo se podría salvar. ¡Ahora! ¡ahora!

Abrió los labios. Sintió que el corazón le palpitaba con fuerza, pero no pudo hablar; pasó aquel momento.

La tarde siguiente, la tía Tatana, muy turbada, pero mucho más orgullosa que turbada, y confiando en la ayuda del Señor, después de haber rezado muchísimo y fatta la salita arrastrándose de rodillas desde el portal hasta el altar de la iglesia del Rosario, fué á desempeñar su embajada.

Anania se quedó en casa, esperando ansiosamente el regreso de la anciana. Durante un largo rato estuvo tumbado en la cama, leyendo un libro del cual no recordaba ni siquiera el título.