—¡Estoy tranquilo!—pensaba.—¿Por qué temer? El buen éxito es más que seguro...

Y entre tanto leía palabra por palabra, pasaba las líneas, pasaba las páginas; pero su mente no retenía ni una sola de las sílabas impresas. El pensamiento, como un ojo omnividente, corría detrás de la anciana y veía...—La tía Tatana camina lentamente, convencida de la solemnidad de su misión. Tiene algo de miedo, la buena viejecita, paloma blanca y suave: ¡pero paciencia! Con la ayuda del Señor, de Santa Catalina y de María Santísima del Rosario, algo podrá hacerse... Se ha puesto su mejor vestido; la túnica adornada con tres lacitos, verde, blanco, verde, el corpiño de brocado verdoso, el cinturón de plata, el delantal bordado, el pañuelo de la cabeza ligeramente teñido de azafrán. Y no se ha olvidado de los anillos; no faltaba más que olvidara sus grandes anillos prehistóricos, adornados de camafeos sobre piedras amarillas y verdes, y de cornalinas incrustadas. Y de este modo, grave y compuesta, parecida á una imagen antigua de Nuestra Señora, avanza lentamente, saludando con solemnes ademanes á las personas que encuentra en su camino. Anochece; es la hora dedicada á estas graves misiones de amor. Al caer de la tarde la paraninfa está segura de encontrar en casa al jefe de la familia á la cual lleva el arcano mensaje...

La tía Tatana va andando... andando, cada vez más grave y más lentamente... Parece que tiene miedo de llegar; ha llegado al límite fatal, ante el portalón cerrado, callado y obscuro como la puerta del destino; duda un momento, se compone los anillos, el lazo del delantal, el cinturón; se aprieta el pañuelo bajo la barbilla, y por fin se decide y llama á la puerta...

Aquel golpe parece repercutir en el pecho de Anania. Se puso de pie de un salto, cogió una vela y se miró al espejo.

—¡Ya lo decía! Estoy pálido. ¡Si seré estúpido!—murmuró.—¡Ea! no quiero pensar más en ello...

Se asomó á la ventana. Los últimos resplandores del día apenas alumbraban el corral; el saúco inmóvil proyectaba una mancha oscura. Silencio absoluto. Las gallinas ya dormían y también dormía el lechón. Las estrellas brotaban, cual chispas de oro, entre la azulada ceniza del crepúsculo caluroso. Más allá del corral, en el silencio de la callejuela, pasaba á caballo un pastorcillo, cantando en dialecto:

La noche convierto en día
Cantando á mi palma dorada...[45]

Anania recordó su infancia, la viuda, Zuanne. ¿Qué estaría haciendo su hermano adoptivo en un convento, sobre aquellos montes?

—¡Y pensar que quería hacerse bandido! ¡Cuánto me agradaría verle!—pensó—Un día de este mismo mes me llegaré á Fonni.

¡Ah! De pronto su pensamiento volvió á donde se resolvía su destino.—La vieja paloma está en el despacho sencillo y tan ordenado del señor Carboni. Allí, allí está la mesa escritorio que una noche el estudiante estuvo registrando y... ¡Oh Dios mío! ¿pero es posible que él haya cometido acción tan vil? Sí; los chiquillos no son conscientes; todo resulta fácil, todo posible. ¡Cuántas locuras cometemos de chiquillos! ¡Hasta podríamos cometer un delito con la mayor inconsciencia! Basta; la tía Tatana está allí; y también el señor Carboni, gordo, tranquilo, con la cadena de oro brillando sobre su pecho.