—¿Qué cosas estará diciendo la viejecita?—pensó Anania, sonriendo nerviosamente.—Me gustaría ver cómo se las compone. ¡Si pudiera estar presente, sin que me vieran! Si tuviese el anillo que hace á uno invisible, me lo pondría y... pum... en seguida llegaba... ¿Y si el portalón estuviese cerrado? ¡Qué diablo! ¡Llamaría! Mariucha saldría á abrirme, y, al ver que no había nadie, se enfadaría contra los chicos que llaman á las puertas y escapan corriendo; mientras tanto yo... ¡Pero qué chiquillo soy! ¡Pues no me paso el tiempo pensando en
estas tonterías! ¡Ea! ¡no quiero pensar más en ello!...
Se apartó de la ventana, cogió la vela, bajó á la cocina, donde estaba encendido el fuego, é inconscientemente se sentó ante el hogar. En seguida se acordó de que era el verano y echóse á reir; después se puso á contemplar durante largo tiempo el gatito rojo que estaba en acecho delante del horno, inmóvil, con los bigotes erizados y la cola tiesa, pronto á lanzarse sobre el primer ratón que se presentara.
—No—dijo para sí Anania, pensando en el pobre ratoncito;—esta noche no dejo que lo caces; soy demasiado feliz para que nadie, ni siquiera un ratón, sufra esta noche en esta casa.
—¡Usciu, usssciuu![46]—gritó, corriendo hacia el gatito que se estremeció y saltó sobre el horno.
Agitado por una nerviosa inquietud, Anania se puso á dar vueltas por la cocina; y parándose de cuando en cuando junto á los sacos llenos de cebada, la manoseaba murmurando:
—Mi padre no es tan pobre como parece; es un arrendatario del señor Carboni, aun cuando se obstine en llamarle «amo». No, él no está pobre; pero seguramente no podría restituirle lo... que gasto, si no sucediese lo que... debe suceder. ¿Pero qué pasará? ¿Qué está pasando en este momento?
La tía Tatana ha hablado... ¿Qué ha dicho? ¡Ah! no, no, no, mejor es no pensar en ello... Pensemos, por lo contrario, en la respuesta que dará, que está dando el padre... ¿Qué dirá aquel hombre, el más leal del mundo, al enterarse de que su protegido se ha atrevido á burlar su buena fe? Empieza, pensativo, á dar paseos por el despacho; la tía Tatana le mira, pálida, oprimida...
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué pasará?—exclamó Anania apretándose la cabeza entre las manos. Creía ahogarse; salió al patio, se asomó á la tapia, prestó oído atento, escuchó. Nada, nada.
Volvió á la cocina, y viendo al gatito de nuevo en acecho, lo volvió á espantar; recordó los gatos durmiendo entre las columnas del Panteón; pensó en la tía Bárbara y en el cirio que debía llevar en su nombre á la Basílica de los Mártires; pensó en su padre que estaba terminando de recoger la paja del trigo en las tancas del amo; pensó en el pino sonoro que murmuraba como un gigante iracundo, rey de un solitario reino de rastrojos y matas; pensó en el nuraghe y en las visiones de la tía Bárbara, reflejadas en él, durante su fiebre, y recordó un brazalete de oro que había visto en el Museo de las Termas de Diocleciano... Y después de todos aquellos recuerdos fugitivos, dos pensamientos profundos se cruzaron y compenetraron, cual si fueran dos nubes—una tétrica y otra luminosa—que en el espacio se hubiesen encontrado. El pensamiento de aquella mujer. El pensamiento de lo que estaba pasando en el despacho del señor Carboni.
—¡No! ¡Ya he dicho que no quiero pensar en ello!—murmuró con rabia. Y echó fuera al gatito, como hubiese querido hacer con las ideas que le asaltaban felinamente, contra su voluntad.