Volvió á salir al patio; miró, escuchó. Nada. Un cuarto de hora después resonaron dos voces detrás de la pared; después una tercera, una cuarta; eran los vecinos que se reunían cada noche ante la tienda del maestro Pane, para disfrutar del fresco y charlar.
—¡Virgen santa!—decía Rebeca con su voz estridente.—He visto caer del cielo cinco estrellas. ¡Oh! ¡Y eso no sucede porque sí!... Sucederá alguna desgracia...
—¡Que tú vas á parir el Anticristo!—dijo la voz irónica de un labriego.—Dicen que tiene que nacer de un animal.
—El Anticristo lo parirá tu mujer ¡bicho asqueroso!—contestó airada la muchacha.
—¡Vuelve á por otra!—dijo la hermosa Ágata, que comía, reía y hablaba al mismo tiempo.
El labriego empezó á soltar insolencias; hasta que el viejo carpintero se enfadó y gritó:
—Si no te callas, te rompo las narices.
Pero el labriego prosiguió su hermosa misión; entonces las mujeres se levantaron y fueron á sentarse sobre el murete del patio, y la tía Sorichedda—una viejecita que cuarenta años antes había servido en casa del Intendente—empezó á contar por milésima vez la historia de su ama.
—Era una marquesa. Su padre era amigo íntimo del rey de España, y le había dado mil escudos de oro de dote. ¿Cuánto son mil escudos?
—¿Y qué son mil escudos?—dijo Ágata despreciativamente.—Margarita Carboni tiene cuatro mil...