—¿Cuatro mil?—observó Rebeca.—¡Más de cuarenta mil!
—¡No sabéis lo que estáis diciendo!—gritó la tía Sorichedda.—Mil escudos de oro no los tiene ni siquiera don Frasquito.
—¡Váyase á paseo! Parece usted una chiquilla—gritó Ágata acalorándose.—¿Qué se figura que son mil escudos? ¡Sólo en suela los tiene Francisco Carchide!
La cuestión se puso seria; las mujeres empezaron á insultarse.
—Tú lo dices para alabar á tu Francisco Carchide; ¡aquella porquería con su traje nuevo!...
—La porquería lo será usted, vieja pecadora.
—¡Ah!
Piensa el ladrón
Que todos son de su condición...
Anania escuchaba, y de pronto, á pesar de las inquietudes que le agitaban, se echó á reir.
—¡Oh!—exclamó Ágata, asomándose á la pared.—¡Que tenga felices noches su Señoría! ¿Qué estás haciendo á oscuras como un murciélago? Deja que veamos tu hermoso rostro.