—¡Por favor!—contestó, acercándose y pellizcándola en un brazo, mientras Rebeca, que al oir la carcajada del joven se había acurrucado en el suelo como queriendo esconderse, pellizcaba á Ágata en una pierna.

—¡Al diablo que os ha parido!—exclamó la muchacha.—¡Esto es demasiado! ¡Dejadme... ó lo digo!

Los dos siguieron pellizcando más fuerte.

—¡Ay, ay! ¡Demonio! Rebeca, es inútil que tengas celos... ¡ay! La tía Tatana esta noche... ha ido á pedir... ¿hablo ó no hablo? ¡Ah!...

Anania la dejó, preguntándose cómo aquel diablo de chica había...

—¡Corazoncito, otra vez respeta á la tía Ágata!—dijo con retintín, mientras Rebeca, que había comprendido, callaba y la tía Sorichedda preguntaba:

—Haz el favor, Nania Atonzu; ¿crees que en Nuoro puede haber mil escudos de oro?

El labriego también se acercó.

—Oye, Nania; ¿es verdad que el Papa tiene setenta y siete mujeres para su servicio? ¿Eh?...

El joven no contestó, tal vez ni siquiera los había oído; veía acercarse una persona desde el fondo de la callejuela, y sentíase desfallecer. Era ella, la vieja paloma mensajera, era ella que volvía llevando en sus labios, como una flor de vida ó de muerte, la palabra fatal.