Anania se retiró cerrando la puertecita del patio, al propio tiempo que la tía Tatana entraba por la otra parte y cerraba la puerta principal. Ella suspiraba y aún estaba un poco pálida y oprimida, como Anania la había visto con la imaginación; al reflejo del hogar, las alhajas primitivas, los bordados, el cinturón, los anillos, brillaron vivamente.

Anania corrió á su encuentro y la miró ansioso, y como ella callase, le preguntó con impaciencia:

—¿Qué han dicho?

—¡Ten paciencia, hijo! Ahora te diré...

—No. Dígalo en seguida. ¿Consienten?

—¡Sííí...! ¡Consienten, sí, consienten!—exclamó la vieja abriendo los brazos.

Anania sentóse, aturdido, cogiéndose la cabeza entre las manos; la tía Tatana le miró piadosamente meneando la cabeza, mientras con las manos temblorosas se desabrochaba.

—¡Consienten! ¡consienten! ¿Es posible?—repetía para sí Anania.

Ante el horno, el gatito seguía esperando el paso del ratón, y debía oir algún ruido, porque agitaba la cola; en efecto, poco después, Anania oyó un chillido, un pequeño grito de muerte; pero en aquel momento su felicidad era tan completa, que no le consentía pensar que en el mundo pueda existir dolor.