La detallada relación de la tía Tatana echó un poco de agua fría sobre aquel inmenso incendio de dicha.
La familia de Margarita no se oponía á los amores de los dos jóvenes, pero, naturalmente, no daba aún un consentimiento completo, irrevocable. El «padrino» había sonreído, restregándose las manos y meneado la cabeza como diciendo: «¡buena me la han jugado!». Había dicho: «¡Pronto echan á volar estos chicos de hoy en día!», pero después se puso serio y pensativo.
—Pero por fin, ¿qué habéis acordado?—exclamó Anania, poniéndose también serio y pensativo.
—¡Que es preciso esperar! ¡Santa Catalina mía! ¿Pero no has comprendido? El «ama» dijo: es preciso que interroguemos á Margarita.—Me parece inútil, contestó el padrino, restregándose las manos. Yo me sonreí.
También Anania se sonrió.
—Hemos acordado... ¡Fuera de ahí!—gritó la tía Tatana, tirando de la falda, sobre la cual el gatito se había cómodamente tumbado, lamiéndose los bigotes con gran satisfacción.—Hemos acordado que es preciso esperar. El amo me dijo:—Que el «muchacho» piense en estudiar mucho y conseguir triunfos. Cuando haya conseguido una posición le daremos la mano de nuestra hija; entretanto, que sigan amándose y que Dios les bendiga.—¡Y ahora me parece que puedes cenar tranquilo!
—Pero ¿puedo presentarme en su casa como prometido?
—Por ahora no; ¡por este año no! ¡Corres demasiado, galanu meu! La gente diría que el señor Carboni se ha vuelto un chiquillo; antes debes licenciarte...
—¡Ah!—exclamó Anania airado—de modo que es mejor...—Iba á decir: ¿de modo que es mejor que nos veamos de noche, á escondidas, para que su susceptibilidad no padezca?—pero en seguida pensó que, en efecto, era mejor verse de noche, á escondidas y solos, que de día y en presencia de los padres, y se calmó por completo. ¡Peor para ellos! De este modo no tendría remordimientos si se veía obligado á visitar secretamente á su prometida.
Para consolarse reanudó las entrevistas la misma noche; la criada, apenas le abrió la puerta, le dió la enhorabuena como si las nupcias ya se hubiesen celebrado, y él le dió una propina y esperó temblando á la que consideraba como esposa. Ella llegó, poco á poco, sin hacer ruido, perfumada de lirio, con un traje claro, blanqueando en la diáfana noche, y al verla y oler el perfume, sintió el joven una impresión grande, violenta, cual si vislumbrase por vez primera el misterio del amor. Se abrazaron largamente, callados, temblando, ebrios de dicha; el mundo les pertenecía.