I noche mi fachet die
Cantende a parma dorada
...

Palma dorada es un título de honor que los novios sardos dan á sus novias. (N. del T.)

[46] Sonido que se emplea en Cerdeña para alejar los gatos.

VII

El correo atravesaba tancas salvajes, amarillas por el rastrojo y el ardiente sol, manchadas de cuando en cuando por la sombra de grupos de olivos y encinas.

Anania, sentado en el pescante junto al cochero que no dejaba el látigo en paz (dentro del coche se ahogaban de calor), sentía una sugestión tan fuerte que casi olvidaba las impresiones febriles de los pasados días. Revivía un día lejano, veía al cochero de bigotes rubios y cara mofletuda, que no dejaba el látigo en paz, como tampoco lo dejaba ahora el cochero pequeñito que se sentaba á su lado.

Á medida que el correo se acercaba á Mamojada, la sugestión de los recuerdos se hacía casi dolorosa. En el arco de la capota se proyectaba el mismo paisaje que Anania había visto aquel día, abandonando su cabecita sobre su regazo, y cubría todo el panorama el mismo cielo de un azul claro inmensamente melancólico.

Ahí está la caseta del peón: sobre el paisaje, de trazos fuertes, ondulado, con verdes arboledas salvajes, pasa un soplo de inesperada fragancia; acá y acullá se vislumbran hilos de agua violácea; se oyen chillidos de pájaros palustres; un pastor, estatua de bronce sobre un fondo luminoso, contempla el horizonte.

El correo se paró un momento ante la caseta del peón caminero. Sentada en el umbral de la puerta estaba una mujer vestida á la usanza de Tonara, vendada dentro sus toscos vestidos como una momia egipcia, cardando lana negra con dos peines de hierro; á corta distancia, tres chiquillos desarrapados y sucios jugaban, mejor dicho andaban á la greña unos contra otros. En una ventana apareció el rostro demacrado y amarillo de una mujer enferma, que miró el coche con dos grandes ojos verdosos, llenos de asombro. Aquella caseta aislada parecía albergar el hambre, la enfermedad y la porquería. Anania sintió oprimírsele el corazón; recordaba detalladamente el triste drama desarrollado veintitrés años antes en aquel lugar solitario, en aquel paisaje tosco y primitivo, que hubiese conservado su pureza sin el inmundo paso del hombre.

—¡Ay de mí!—suspiró el estudiante—¡qué miserable criatura es el hombre! ¡Por donde pasa deja la huella de su miseria!