Y contempló al pastor de rostro aceitunado y sarcástico, firme sobre el fondo deslumbrante del cielo, y pensó que también aquella figura poética era un ser inconsciente y bárbaro—como su padre, como su madre, como todas las criaturas esparcidas sobre aquel aislado trozo de tierra—en cuya mente los malos pensamientos tenían que desarrollarse por fatal necesidad, como los vapores en la atmósfera.
El correo reanudó el viaje; allí está Mamojada, surgiendo entre el verdor de los huertos y de los nogales, con su blanco campanario proyectado sobre el claro azul; de lejos parecía una bonita acuarela, algo falsa, pero apenas el coche se internó por la polvorienta calle, el cuadro fué tomando tintas más obscuras, aun más tristes que las del paisaje. Delante las negras casuchas construidas sobre la roca se agrupaban figuras características, desastradas y muy sucias; mujeres graciosas, con los lucientes cabellos ensortijados alrededor de las orejas, descalzas, sentadas en el suelo, cosían, daban de mamar á sus pequeñuelos ó bordaban. Dos carabineros, un estudiante aburrido—procedente también de Roma,—un labriego y un viejo noble, también campesino, charlaban formando un grupo á la puerta de una carpintería, en donde estaban colgados diversos cuadritos sagrados pintados á varios colores.
El estudiante conocía á Anania; apenas le vió le salió al encuentro, se lo llevó consigo y le presentó á la reunión.
—¿También estudias en Roma?—le preguntó en seguida el noble, sacando el pecho y hablando con mucha prosopopeya.—¿Sí? Entonces conocerás á don Pedro Bonigheddu, noble, jefe del Tribunal de Cuentas.
—No—dijo Anania,—Roma es muy grande, no es posible conocer á todo el mundo.
—¡Sí, eh!—interrumpió el otro con gesto desdeñoso.—¡Pues don Pedro es conocido de todo el mundo! ¡Aquél es un hombre rico! Somos parientes. Pues... si le ves, le darás muchos recuerdos de parte de don Zua Bonigheddu.
—¡No me olvidaré!—contestó Anania inclinándose burlonamente.
Después de un descanso de media hora, volvió á emprender la marcha el correo.
—Y no te olvides de saludar á don Pedro—dijo el estudiante á Anania, acompañándole al coche después de dar una vuelta por el pueblo.
Partió el coche, y después de aquella media hora de bromear con su compañero, Anania recayó en sus tristes recuerdos. Mira, allí están las ruinas de la ermita, allí el huerto, este es el principio de la cuesta que sube á Fonni, esta la plantación de patatas, junto á la cual la otra vez se habían parado Olí y Anania.