Recordó claramente á la mujer que cavaba con las faldas cogidas entre las piernas, y el gato blanco lanzándose sobre una verde lagartija que se asomaba por los agujeros del muro. En el arco de la capota los cuadros de los distintos paisajes aparecían siempre más frescos, con fondos más luminosos: la pirámide grisácea del monte Gonare, las líneas cerúleas y plateadas de la cadena del Gennargentu, se incrustaban sobre el cielo metálico, siempre más cercano, siempre más majestuoso. ¡Ah, sí! ahora respiraba de veras el aire nativo y sentía algo extraño, tal vez un atávico instinto.
—Quisiera saltar del coche, correr por las pendientes, entre la fresca hierba, entre las matas y las rocas, dando gritos de salvaje alegría, imitando al potrillo que escapa al lazo y vuelve á la libertad de las tancas, y después de haber estallado la embriaguez del alma primitiva en gritos inconscientes, quisiera pararme, como aquel pastor errante, sobre un fondo deslumbrador ó á la verde sombra de unos nogales, sobre el pedestal de una roca ó el tronco de un árbol, sumergido en la contemplación del espacio. Sí—pensaba, mientras el coche se ponía al paso al subir la cuesta,—yo había nacido para pastor. Hubiese sido un poeta maravilloso, tal vez un delincuente, tal vez un bandido fantástico y feroz. ¡Contemplar las nubes desde lo alto de una montaña! ¡Figurarse ser pastor de un rebaño de nubes; verlas errantes sobre un cielo de plata, perseguirse, transformarse, pasar, desvanecerse, desaparecer!
—Ja, ja, ja!—se reía entre dientes. Después pensó:—¿Y qué? ¿Acaso no soy un pastor de nubes? ¿Qué son las nubes? Entre las nubes y mis pensamientos ¿qué diferencia existe? Yo mismo ¿no soy una nube? Si tuviese que vivir forzosamente en estas soledades, me disolvería, confundiéndome con el aire, con el viento, con la tristeza del paisaje. ¿Estoy vivo? Y después de todo, ¿en qué consiste la vida?
Como siempre, no supo contestarse; el coche subía lentamente, de cada vez más lentamente, con un movimiento dulce, casi meciéndose; el cochero dormitaba, el caballo también parecía caminar durmiendo. El sol en lo alto del zenit dejaba caer un resplandor igual, melancólico; las arboledas retiraban sus sombras; un silencio profundo y una ardiente modorra invadían el paisaje inmenso. Anania creyó que de veras se disolvía, se unificaba con aquel soñoliento panorama, con aquel cielo luminoso y triste. Todo consistía en que tenía sueño y, como la otra vez, terminó por cerrar los ojos y dormirse como un chiquillo.
—¡Tía Grathia! ¡Nonna![47]—exclamó aún con voz soñolienta, entrando en la casucha de la viuda.
La cocina estaba desierta; desierta la callejuela asoleada; desierto todo el pueblecito que en aquella soledad de la siesta parecía un pueblo prehistórico abandonado desde muchos siglos.
Anania miró curiosamente á su alrededor. Nada había cambiado: miseria, andrajos, hollín, un poco de ceniza en el hogar, grandes telarañas en las tablas del techo; y, cruel emperador de aquel lugar de leyendas, el largo fantasma del capotón negro colgado de la pared color de tierra.
—¡Tía Grathia! ¿dónde se ha metido?—gritó el joven, mirando por todas partes.—¡Tía Grathia!
Por fin, la viuda, que había ido á buscar agua de un pozo vecino, entró con un malume[48] sobre la cabeza y el cubo en la mano. Estaba igual que antes, seca, amarilla, con la cara de espectro rodeada de un pañuelo muy sucio: los años habían pasado sin envejecer más aquel cuerpo disecado y consumido por las emociones de la lejana juventud.