Al verla, Anania se conmovió de un modo extraño; una oleada de recuerdos subió de las profundidades de su alma, pareciéndole recordar toda una existencia anterior, volver á ver un espíritu que había habitado su cuerpo antes del que lo ocupaba en la actualidad.

¡Bonas dies!—dijo la viuda, mirando asombrada al guapo joven desconocido. Descargó primero el cubo, después el malume, lentamente, sin quitar la vista del forastero. Pero apenas éste le preguntó sonriendo:—¿Pero qué, no me conoce?—ella dió un grito y abrió los brazos: Anania la abrazó, la besó y la mareó á preguntas.

¿Y Zuanne? ¿Dónde estaba? ¿Por qué se había hecho monje? ¿Iba á verla? ¿Era dichosa? ¿Y su hijo mayor? ¿Y los hijos del cerero? ¿Y aquél, y el otro? ¿Qué había sucedido de nuevo en Fonni, durante aquellos quince años? ¿Quién era el pretor?[49] ¿Podría al día siguiente subir al Gennargentu?

—¡Hijo, hijito!—empezó á decir la viuda, vuelta en sí de su asombro.—¡Cómo encuentras mi casa! ¡Desnuda y triste como un nido abandonado! Siéntate y lávate; ahí tienes agua pura y fresca; la fuente parece un chorro de plata; lávate, bebe y descansa. Mientras tanto, voy á preparar un bocado. ¡Ah, no me lo rehúses, hijito de mis entrañas! ¡no me lo rehúses, no me humilles! Quisiera poderte dar mi corazón; pero acepta lo poco que puedo darte; ahora sécate; ¡alma mía! ¡qué guapo y grande te has hecho! Dicen que vas á casarte con una muchacha rica y hermosa; ¡bien se ve que ha sabido escoger aquella muchacha!—¿Pero por qué no me has escrito antes de venir? ¡Ah, hijito, por lo menos tú no has olvidado á la pobre vieja abandonada!

—Pero ¿y Zuanne?—insistía Anania, lavándose con el agua fresquísima del cubo.

La viuda se puso triste. Dijo:

—¡Mejor es que no hablemos de él! ¡Me ha dado tantos disgustos! Era mejor que... hubiese seguido el ejemplo de su padre... ¡Ea! no hablemos de él. No es un hombre; será un santo, como dicen ¡pero no es un hombre! Si mi marido saliera de la tumba y viese á su hijo descalzo, con el cordón y las alforjas, convertido en un fraile mendicante y estúpido, ¿qué diría? Estoy segura que lo apalearía.

—¿Y ahora dónde se encuentra?

—En un convento muy lejano; en lo alto de un monte. ¡Si por lo menos hubiese quedado en el convento de Fonni! pero no; está escrito que todos tienen que abandonarme: Fidel, el otro hijo, se ha casado y apenas se acuerda de mí; el nido está desierto, abandonado; el águila vieja ha visto volar del nido á sus aguiluchos y morirá sola... sola...

—Véngase á vivir conmigo—dijo sinceramente Anania.—Cuando sea doctor se vendrá conmigo, nonna.