—¿De qué te serviría? Antes, por lo menos, te lavaba los ojos y te cortaba las uñas; ahora deberías hacerlo tú conmigo...

—Me contaría aquellas historias... á mí y á mis chiquillos...

—Ni para esto sirvo. Chocheo mucho: el tiempo, el tiempo se ha llevado mi cerebro, como el viento se lleva la nieve de los montes. Toma, chiquillo, come; no puedo ofrecerte nada más, pero te lo ofrezco de todo corazón.—¡Oh! ¿este cirio es tuyo? ¿Á dónde lo llevas?

—Á la Basílica, nonna, ante las imágenes de San Proto y San Gianuario. Viene de muy lejos, nonna; me lo entregó una viejecita sarda que vive en Roma; también ella me contaba cuentos pero no tan hermosos como los suyos.

—¿Vive en Roma? ¿Y cómo pudo llegar hasta allí? ¡Ah! ¡yo moriré sin haber estado en Roma!...

Después de la frugalísima comida Anania buscó un guía con quien combinó, para la mañana siguiente, la ascensión al Gennargentu; después fué á la Basílica.

En el antiguo patio, bajo los grandes árboles susurrantes, sobre la escalinata de corroídos escalones, en las ruinosas galerías, dentro de la iglesia oliendo á humedad de tumba, en todas partes, soledad y silencio. Anania depositó el cirio de la tía Bárbara sobre un altar polvoriento, y después contempló los frescos primitivos de las paredes, los estucos dorados por una luz melancólica, la tosca figura de los santos sardos, todas aquellas cosas, en una palabra, que un tiempo habían despertado en él tanta maravilla y terror, y sonrióse, pero con el corazón oprimido por una lánguida tristeza. Al volver al patio, vió, por una ventana abierta, el sombrero de un carabinero y un par de zapatos colgados en la pared de una celda, y resonó en su memoria el aria de la Gioconda: «Á te questo rosario».

El olor á cera llenaba el solitario patio: ¿dónde estaban los chicos, sus compañeros de infancia, pajaritos semidesnudos y salvajes que antes animaban la escalinata de la iglesia? Por nada del mundo hubiese querido verles y darse á conocer; sólo el pensarlo le disgustaba; ¡y sin embargo, con qué dulzura recordaba las horas pasadas jugando bajo aquellos árboles, cuyas hojas secas caían como alas de pájaros muertos!

Una mujer descalza, con un ánfora sobre la cabeza, pasó por el fondo del patio. Anania se estremeció ligeramente, pareciéndole que aquella mujer se asemejaba á su madre. ¿Dónde estaría? ¿Por qué no se había atrevido, deseándolo tanto, á hablar de ello á la viuda? ¿y por qué ésta no hizo referencia alguna á su ingrata huéspeda? Para huir de aquellos tristes recuerdos fué al correo á echar una tarjeta postal para Margarita; después visitó al Rector, y hacia la puesta del sol paseó por la carretera, hacia poniente, por la parte que miraba sobre la inmensidad de los valles. Viendo las mujeres fonnenses ir á la fuente, enfundadas en sus extrañas túnicas, recordó sus primeros sueños de amor, cuando deseaba ser un pastor y que Margarita fuera una campesina, esbelta y elegante, con el ánfora sobre la cabeza, semejante á la figurita de un estuco pompeyano; y sonrió de nuevo, comparando la impresión que la tosca ingenuidad de aquel sueño despertaba en él, con la experimentada al volver á ver las maravillas de la Basílica. ¡Cuán distinto y lejano del pasado era el presente!

Una puesta maravillosa cubría el horizonte; parecía un cuadro apocalíptico. Las nubes dibujaban un paisaje trágico; una llanura ardiente, surcada por lagos de oro y ríos de púrpura, de cuyo fondo surgían montañas de bronce con aristas de ámbar y de nacarada nieve, desgarradas, de cuando en cuando, por llameantes aberturas, parecidas á bocas de cavernas de donde brotaban torrentes de sangre dorada. Una batalla de gigantes solares, de formidables habitantes del infinito, se desarrollaba dentro de aquellas montañas aéreas, en aquellas profundas cavernas de las bronceadas nubes; por las bocas de las grutas se veía el brillo relampagueante de las armas forjadas con los metales del sol; y la sangre brotaba á torrentes, llenando los lagos de oro fundido, culebreando en ríos que parecían rayos, inundando la llameante llanura del cielo.