Con el corazón palpitando de alegría y admiración, Anania quedóse absorto contemplando el magnífico espectáculo, hasta que las sombras de la noche borraron el cuadro extendiendo un velo violáceo sobre todas las cosas: entonces regresó á casa de la viuda y sentóse junto al hogar.

Le asaltaron los recuerdos. En la penumbra, mientras la vieja preparaba la cena y hablaba con su voz tétrica, veía á Zuanne con sus grandes orejas entretenido en asar castañas, y á otra figura callada y borrosa como un fantasma.

—¿De modo que han matado á todos los bandidos nuorenses?—preguntaba la vieja.—¿Y tú crees que pase mucho tiempo sin que salga una nueva compañía en un sitio ú otro? Te engañas, hijo mío. Mientras haya hombres de sangre ardiente, hábiles para el bien como para el mal, habrá bandidos. ¡Verdad es, que éstos de ahora son muy malos, y á veces cobardes, ladrones y despreciables! ¡Pero en tiempo de mi marido era otra cosa! ¡Qué valientes! Valientes y bondadosos. Una vez mi marido encontró á una mujer que lloraba porque...

Anania no tomaba mucho interés en los recuerdos de la tía Grathia; otros pensamientos le preocupaban.

—Oiga—dijo, apenas la viuda hubo acabado la piadosa historia de la mujer que lloraba—¿no ha sabido nunca nada de mi madre?

La tía Grathia, que arreglaba cuidadosamente una fritada, no contestó.

Anania esperó un poco, y pensó: «¡Sabe algo!» y se turbó sin querer. Después de un rato, la tía Grathia observó:

—Si tú no sabes nada ¿cómo quieres que yo sepa algo? Y ahora, hijo mío, siéntate en esta silla y acepta lo que te ofrezco de buen corazón.

Anania sentóse ante la bandeja de junco[50] que la viuda había colocado sobre una silla y empezó á comer.

—Durante largo tiempo no supe nada de ella—dijo, confiándose con la vieja como nunca había hecho con nadie.—Pero ahora creo seguir su pista. Después que me hubo abandonado partió de Cerdeña, y un hombre la encontró en Roma, vestida de señora.