—¿Pero la vió de veras?—preguntó vivamente la viuda.—¿Le habló?
—¡Algo más que hablarle!—contestó amargamente Anania.—Dijo que había pasado unas horas en su compañía. Después no volví á saber nada de ella; pero este año pedí informes á la policía, y supe que vive en Roma, con un nombre supuesto. Pero se ha enmendado, sí, se ha enmendado y ahora vive trabajando honradamente.
La tía Grathia se había colocado frente al joven y á medida que éste hablaba, abría los oscuros ojillos, y se inclinaba y abría las manos como para recoger las palabras de Anania.
Él se iba tranquilizando pensando en María Obinu; cuando dijo: «ahora se ha enmendado» sintió un ímpetu de alegría, seguro, en aquel momento, de no engañarse suponiendo que María era ella.
—¿Pero estás seguro, estás completamente seguro?—preguntó la vieja sorprendida.
—¡Sí! ¡Síí...!—contestó, imitando á Margarita al pronunciar aquel sí alegre y algo burlón.—He vivido dos meses en su casa.
Se echó vino, lo miró al trasluz de la llama rojiza de la vela, colocada en el candelero de hierro, y pareciéndole turbio apenas lo probó; después se limpió la boca, y notando que la vieja servilleta grisácea estaba agujereada, se tapó bromeando la cara, y miró por el agujero.
—¿Se acuerda cuando con Zuanne nos disfrazábamos?—preguntó.—Yo me tapaba la cara con esta servilleta. Pero ¿qué le pasa?—exclamó de pronto con la voz cambiada, destapándose la cara que había palidecido ligeramente.
Veía el rostro de la viuda, casi siempre cadavérico é impasible, animarse de un modo extraño, expresando además del asombro la piedad más intensa; y comprendió inmediatamente que era él el objeto de aquella profunda, casi violenta, piedad.
En un instante el edificio de sus sueños se vino abajo, desmoronándose para siempre.