—¡Nonna! ¡Tía Grathia! ¡Usted sabe algo!—dijo con aire de espanto, estirando nerviosamente la servilleta tanto como pudo.

—Acaba de cenar, después hablaremos. Acaba de cenar, hijo mío—contestó la vieja, dominándose.—¿No te gusta este vino?

Pero Anania la miró casi con rabia y se puso en pie de un salto.

—¡Hable!—dijo imperiosamente.

—¡Oh, Dios mío!—se lamentó la tía Grathia, suspirando y temblándole los labios;—¿qué quieres que te diga? ¿Por qué no acabas de cenar, Anania, hijito mío?... Después hablaremos...

Él no oía ni veía.

—¡Hable! ¡hable! ¿De modo que lo sabe todo? ¿Dónde está? ¿Vive ó ha muerto? ¿Dónde está? ¿dónde está? ¿dónde está?

Y la frase «¿dónde está?» la repitió por lo menos veinte veces, mientras automáticamente daba vueltas por la cocina, plegando, desplegando, estirando la servilleta, poniéndosela sobre la cara, mirando á través del agujero: parecía volverse loco, y estar más irritado que conmovido.

—Cálmate—empezó á decirle la vieja, andándole detrás,—yo creí que lo sabías... Sí, ella vive, pero no es la mujer que te ha engañado fingiendo ser tu madre.

—¡No me ha engañado, nonna! Lo creía yo... Ella ni siquiera sabe que yo lo creyera... ¿De modo que no es ella?—añadió en voz baja, asombrado, como si hasta aquel momento hubiese creído que María Obinu era verdaderamente su madre.—¡Pero hable! ¿Por qué me tiene de esta manera suspenso? ¿Por qué no me habla de ella? ¿Dónde está? ¿dónde está?