—¡Pero si nunca se ha movido de Cerdeña!—exclamó la viuda, andándole siempre al lado.—De veras, creí que lo sabías; pero que no hacías caso de ella. Yo la he visto este mismo año, á principios de mayo; vino á Fonni por la fiesta de los Santos Mártires, iba con un joven ciego, cantor de coplas. Venían á pie de un pueblo muy lejano, de Neoneli; ella tenía la malaria y parecía una vieja de sesenta años. Al terminar las fiestas el ciego, que había ganado bastante dinero, la abandonó para marchar con una comitiva de mendigos á la fiesta de otro pueblo. Durante los meses de junio y julio segó en las tancas de Mamojada. La fiebre la consumía; estuvo mucho tiempo enferma en la caseta de su Grumene y aún sigue allí...

Anania se paró, alzó la cabeza y abrió los brazos, con gesto de desespero.

—¡Yo... yo... yo... la he... visto! ¡Yo la he visto! ¡La he visto!... ¿Está bien segura de lo que me dice?—preguntó mirando fijamente á la viuda.

—Segurísima; ¿por qué tenía que engañarte?

—Diga—insistió—¿es de veras? Porque yo he visto una mujer calenturienta, amarilla, terrosa, con ojos de gato... Estaba detrás de la ventana... ¿Sería ella?... ¿Está usted segura?

—Segurísima. Era ella.

—¡Y yo... yo... la he visto!—repitió, apretándose la cabeza entre las manos, golpeándosela, presa de una cólera violenta contra sí mismo que se había engañado durante tanto tiempo, tan estúpidamente; que había buscado á su madre más allá de los montes y del mar, cuando arrastraba su miseria y su deshonra cerca de él; que se había conmovido ante caras extrañas y no había sentido la más ligera emoción al descubrir el rostro de la mendiga, de aquella miseria viva, encuadrada en la tétrica ventanuca de la caseta.

¿Y esto era el hombre? ¿Esto el corazón humano? ¿Esto la vida, la inteligencia, el pensamiento? ¡Ah, sí! sí, ahora estas preguntas no subían á sus labios porque sí, ahora que el Destino movía sus alas fúnebres inexorables y sacudía todas las cosas con uno de sus imprevistos huracanes, ahora sabía que el hombre, el corazón y la vida eran sólo mentira, mentira y mentira.


La tía Grathia acercó un escabel y obligó al desdichado Anania á sentarse: ella se acurrucó delante, le cogió una mano y miróle de abajo á arriba, largamente, piadosamente.