—¡Pobre hijo mío!—dijo estrechándole la mano;—llora, llora. ¡Te aliviará! ¡Qué frío estás!
Anania arrancó la mano del duro cepo de las viejas manos de la viuda.
—¿Pero por quién me toma?—preguntó iracundo.—¡No soy ningún chiquillo! ¿Por qué llorar?
—¡Porque te aliviaría, hijo mío! Sí, hijo, sí ¡por experiencia sé cuánto alivian las lágrimas! Cuando llamaron á mi puerta, en una noche terrible, y una voz que parecía la de la Muerte me dijo: «¡Mujer, no esperes más!» me quedé de piedra. Durante horas y horas no pude llorar; fueron éstos los momentos más horrorosos que pasé; me parecía que el corazón se había convertido, dentro del pecho, en un hierro al rojo y me quemaba, me quemaba las entrañas, y con su punta aguda me desgarraba el pecho. Pero después el Señor me concedió las lágrimas, y el llanto refrescó mi dolor, como el rocío refresca las piedras calentadas por el sol. ¡Hijo mío, ten paciencia! Hemos nacido para sufrir; ¿qué vale tu desgracia comparada con tantos otros dolores?
—¡Pero si yo no sufro!—protestaba Anania.—Este golpe debía presumirlo; es más, lo esperaba. Una fuerza misteriosa me ha impulsado á venir; una voz me decía: ¡ve, vete allá, allá sabrás lo que tanto te interesa! Claro, he sentido una emoción, me he sorprendido... pero ahora todo ha pasado; no se preocupe más.
Pero la viuda le miraba fijamente, le veía lívido, con los labios pálidos y contraídos, y meneaba la cabeza. Él prosiguió:
—¿Por qué nadie nunca me ha dicho una palabra de esto? Indudablemente algo debían saber. El mismo cochero, ¿es posible que no supiese nada?
—Tal vez no. Sólo ella podía haberle dicho algo; pero no, te tiene demasiado miedo. Cuando por la fiesta del pueblo vino acompañando á aquel miserable ciego que después la abandonó, no fué reconocida por nadie, parecía mucho más vieja de lo que es, iba andrajosa, entontecida por la miseria y la fiebre. Además, ni siquiera tú la has reconocido. El ciego la llamaba con un feo mote; sólo á mí confió su verdadero nombre, me contó su triste historia y me hizo jurar que nunca sabrías nada de ella. Tiene miedo de ti...
—¿Por qué tiene miedo de mí?
—Tiene miedo que tú la mandes prender porque te abandonó. También tiene miedo de sus hermanos, que son guardabarreras de la vía férrea de Iglesias.