—¿Y su padre?—preguntó Anania, que no se había acordado nunca de estos parientes suyos.
—¡Oh! hace mucho que murió. Según afirma ella, murió maldiciéndola, y añade que esta maldición es lo que la persigue y la hace desgraciada.
—¡Sí! ¡Es que está loca rematada! Pero ¿qué ha hecho durante tantos años? ¿Cómo ha vivido? ¿Por qué no ha trabajado?
Parecía, al decir esto, completamente tranquilo, casi indiferente; parecía preguntar por simple curiosidad, con una curiosidad que le permitía pensar en otras cosas muy lejanas; y en efecto, pensaba en lo que debía hacer, y aunque le conmovían las desdichas de su madre, mucho más le entristecía la idea de las consecuencias de aquel imprevisto y desastroso encuentro.
La viuda alzó un dedo y dijo solemnemente:—¡Todo está en las manos de Dios! Hijo mío, hay un hilo terrible que tira de nosotros. ¿Crees tú que mi marido no hubiera preferido trabajar y morir en la cama, bendecido por el Señor? ¡Y sin embargo...! ¡Lo mismo le ha pasado á tu madre! Seguramente hubiese querido trabajar y vivir honestamente... Pero el hilo ha tirado de ella...
Al oir Anania estas palabras subióle la sangre á la cabeza, retorcióse las manos y de nuevo sintió una oleada de vergüenza que le ahogaba.
—¡Todo... todo ha acabado para mí!—decía sollozando.—¡Qué horror, qué horror! ¡Cuánta miseria, cuánta vergüenza! Cuente, cuéntemelo todo. ¿Cómo ha vivido? ¡Quiero saberlo todo... todo... todo! ¿Entiende? ¡Todo! Prefiero morir de vergüenza, antes que... ¡Fuera!—dijo sacudiendo la cabeza, como para alejar toda turbación vil y miserable.—Cuente.
La tía Grathia le miraba con infinita piedad; hubiese querido cogerle en brazos, sobre su falda, mecerle y cantarle, calmarle, dormirle; y en cambio le torturaba.—¡Hágase la voluntad del Señor! ¡Hemos nacido para sufrir; nadie se muere de pena!—La viuda intentó endulzar algo el amargo cáliz que Dios, por medio de ella, presentaba al pobre desdichado, y le dijo:
—Yo no puedo contarte cómo ha vivido y lo que ha hecho. Sólo sé que, después de haberte abandonado, é hizo perfectamente, pues de otro modo nunca hubieras tenido un padre y no serías tan afortunado como eres...
—¡Tía Grathia! ¡Por Dios, no me haga desesperar...!—interrumpió impetuosamente Anania.