—¡Ten calma! ¡Paciencia!—gritóle la buena mujer.—¡No reniegues de la bondad divina, hijo mío! ¿Qué sería de ti, si llegas á quedarte por acá? ¡Tal vez hubieses acabado miserablemente, haciéndote fraile... fraile mendicante... fraile poltrón!... ¡Basta, basta, no hablemos más de ello! ¡Mejor morir, que vivir de esa manera! Y tu madre habría llevado igual vida, porque tal era su destino. Aquí mismo, antes de marcharse, ¿crees tú que llevaba buena vida? Pues no, no la llevaba: éste era su destino. Durante los últimos meses tuvo amores con un carabinero, que fué destinado á Nuraminis pocos días antes de vuestra fuga. Cuando te hubo abandonado, al menos así me lo contó la pobre, marchó á Nuraminis, á pie, escondiéndose durante el día, caminando de noche, y de este modo atravesó media Cerdeña. Se reunió con el carabinero y vivieron una temporada juntos; él había prometido casarse, pero pronto se cansó de ella, la maltrató, y cuando estuvo ajada y consumida la abandonó. Ella siguió su camino fatal. Me dijo, y la pobrecita lloraba al contármelo, lloraba hasta conmover las rocas, me dijo que buscó siempre trabajo, y que nunca pudo encontrarlo. ¡Ya te lo he dicho, es el destino! El destino que priva del trabajo á ciertos seres desdichados, como priva á otros de la razón, de la salud y de la bondad. El hombre y la mujer se sublevan inútilmente. ¡No, adelante, á morir, reventad, seguid el hilo que tira de vosotros! Últimamente ella se había enmendado; se había unido con un ciego, y vivían como marido y mujer desde hacía dos años; ella le guiaba por las carreteras, de una fiesta á otra; iban casi siempre á pie, á veces solos, otras veces en compañía de otros mendigos vagabundos. El ciego cantaba con su hermosa voz unas canciones que él mismo componía. Me acuerdo que aquí cantó la Muerte del rey, una canción que hacía llorar á todo el mundo. El Municipio le dió veinte liras, el Rector le convidó á comer. En tres días que estuvo aquí, recogió más de veinte escudos. ¡Miserable! También él prometía casarse con ella, y en cambio cuando se enteró que estaba enferma, que no podía seguir andando, la plantó, temiendo tener que gastar su dinero para curarla. De aquí aún marcharon juntos; iban á la fiesta de San Elías; pero allá el ciego asqueroso encontró una cuadrilla de mendigos campidonenses que iban á una fiesta campestre de la Gallura, y marchó con ellos, mientras la pobre desdichada se moría de fiebre en la cabaña de unos pastores. Después, como ya te he dicho, sintiéndose mejor, fué de un sitio á otro, segando, recogiendo espigas, hasta que la fiebre la postró por completo. Hace unos días, me mandó á decir que estaba un poco mejor...

Estremecimientos, inútilmente reprimidos, agitaban todo el cuerpo de Anania. ¡Cuánta miseria, cuánta vergüenza, cuánto dolor, cuánta iniquidad divina y humana se desprendía de aquel relato!

Ninguna de las sangrientas y tristes narraciones que durante su infancia había oído contar á aquella extraña mujer, le había parecido tan horrorosa como la que acababa de oir, ninguna le había hecho estremecer tanto. De pronto recordó el pensamiento que cruzó por su mente en una tarde lejana, tranquila, en el silencio del pinar apenas interrumpido por el canto de pastor presidario. Y preguntó:

—¿También ha estado en la cárcel?

—Creo que sí, una vez. Encontraron en su casa unos objetos que un amigo suyo había cogido de una iglesia campestre; pero fué absuelta porque demostró no saber siquiera de qué se trataba...

—¡No mienta!—dijo Anania con voz sorda.—¿Por qué no me dice toda la verdad? También ha sido ladrona... ¡por qué no decirlo! ¿Cree que me importa algo? Nada me importa, nada, nada... ni tanto así—y señalaba la punta del dedo meñique.

—¡Dios mío! ¡Qué uñas!—observó la viuda.—¿Por qué te dejas crecer tanto las uñas?

No contestó, pero se puso de pie de un salto y empezó á recorrer la habitación, furioso, rugiendo como una fiera.

La viuda no se movió, y él, poco después, volvió á calmarse completamente. Parándose ante ella, le preguntó con voz doliente pero tranquila:

—¿Por qué habré nacido? ¿Por qué me han hecho nacer? Ahora soy un hombre perdido; toda mi vida ha sido destruida. No podré proseguir los estudios, y la mujer con quien debía casarme y sin la cual no podré vivir, ahora me dejará... mejor dicho, tendré que dejarla.