—¿Y por qué? ¿No sabe ella quién eres?
—Sí; lo sabe, pero cree que aquella mujer ha muerto, ó que está tan lejos que no se oye hablar de ella. ¡Y por lo contrario, vuelve! ¿Cómo es posible que una chiquilla pura y delicada pueda vivir junto á una mujer infame?
—¿Pero qué pretendes hacer? ¿No acabas de decir que no te importa nada de ella?
—¿Qué me aconseja que haga?
—¿Yo? ¿Qué te aconsejo? Que la dejes proseguir su camino—contestó cruelmente la viuda;—¿ella no te abandonó? Si tú quieres, tu esposa no verá nunca á la pobre infeliz, y ni tú mismo la volverás á ver...
Anania la miró, con mezcla de piedad y desprecio.
—¡No me comprende usted, no es posible que pueda comprenderme!—dijo.—Dejémoslo; ahora es preciso pensar en el modo de poderla ver; es preciso que mañana por la mañana vaya á verla...
—Estás loco...
—No comprende...
Se miraron uno al otro; ambos con mirada despreciativa y piadosa. Y empezaron á discutir y casi á pelear. Anania quería partir en seguida, ó á la madrugada á más tardar; la viuda proponía mandar un recado á Olí para que fuera á Fonni sin decirle quién la llamaba.