—¡Ve allá, ya que te empeñas! Pero yo la dejaría tranquila; así como ha vivido hasta ahora, seguirá viviendo en adelante... Déjala en paz...
—Nonna—dijo él,—parece que también tiene usted miedo. ¡Qué tonta! No pienso tocarle un solo cabello; me la llevaré conmigo; no quiero hacerle daño, sino todo lo contrario, porque éste es mi deber...
—Sí, éste es tu deber; pero piénsalo bien y reflexiona. ¿Cómo viviréis? ¿De qué viviréis?
—¡No quiero pensarlo!
—¿Cómo te arreglarás?
—¡No quiero pensarlo!
—¡Entonces, nada! Pero te advierto que te tiene un miedo atroz, y si te presentas ante ella, de improviso, es capaz de cometer alguna locura.
—Entonces vamos á hacer que venga aquí; pero pronto, mañana por la mañana.
—¡Sí, en seguida, volando! ¡Qué súbito eres, hijo de mis entrañas! Ahora vete á descansar y no pienses más en ello. Mañana por la noche puedes tener la seguridad de que estará aquí. Entonces harás lo que quieras. Pero mañana por la mañana te marchas al Gennargentu; casi sería mejor que no bajaras hasta pasado mañana...
—¡Ya veré!