—¡Ahora... vete á descansar!—repitió, empujándole cariñosamente.

En el cuartito, donde había dormido con su madre, nada había cambiado; al ver el pobre camastro, bajo el cual había un montón de patatas aún oliendo á tierra, recordó la camita de María Obinu y las ilusiones y los sueños que durante tanto tiempo le habían perseguido.

—¡Qué chiquillo era!—pensó con amargura.—¡Y creía ser todo un hombre! ¡Ahora, ahora solamente soy hombre! ¡Solamente ahora la vida ha abierto de par en par sus horribles puertas! ¡Sí, ahora soy un hombre, y quiero ser un hombre fuerte! ¡No, miserable vida, no me vencerás; no, monstruo, no me abatirás! ¡Hasta ahora me has perseguido, me has combatido con la cara cubierta, villana y cobardemente, y sólo hoy, sólo en el día de hoy, más largo que un siglo, sólo hoy has descubierto tu rostro asqueroso! ¡Pero no me vencerás, no, no me vencerás!

Abrió los vacilantes postigos de un viejo balcón de madera, de cuya barandilla apenas quedaban vestigios, y se asomó.

La noche era límpida, fresca, clara y diáfana como toda noche de verano en la montaña. Reinaba un silencio inmenso, infinito, apenas vencido por la visión solemne de las montañas vecinas y por la vaga silueta de las cumbres lejanas.

Anania, viendo casi á sus pies los profundos valles, sintió la impresión de hallarse suspendido, si bien decidido á no caer, sobre un admirable abismo; los contornos de las montañas lejanas despertaban en su corazón una extraña dulzura, le parecían versos inmensos escritos por la mano omnipotente de un divino poeta en la página celeste del horizonte, y el coloso vecino, el negro-azulado monte Spada, destacado de la formidable muralla del Gennargentu, le oprimía, le parecía la sombra del monstruo á quien poco antes había lanzado el reto.

Y pensaba en su lejana Margarita, en su Margarita, que ya no era suya, que en aquellos momentos seguramente pensaba en él, contemplando también el horizonte; y, más que por él, sentía por ella una gran piedad; lágrimas suaves y amargas, como la miel amarga, subían á sus ojos, pero él las rechazaba enérgicamente, las rechazaba como á un enemigo felino y desleal que tratase de vencerle á traición.

—¡Soy fuerte!—repetía, de pie sobre el balcón sin barandilla.—¡Monstruo, yo, yo te venceré, ahora que te presentas ante mí!

Y no advertía que el monstruo estaba á su espalda, inexorable.

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