Este valor ficticio le sostuvo durante toda la noche y todo el día siguiente mientras subía al Gennargentu. El día era triste, lleno de nubarrones y niebla, pero sin viento; á pesar de ello quiso partir, según decía, porque esperaba que el tiempo aclarase, pero en realidad para empezar á darse á sí mismo una prueba de firmeza, de valor y despreocupación.
¿Qué le importaba la montaña, los panoramas espléndidos y el mundo entero? Pero él quería hacer lo que antes había decidido. Sin embargo, antes de partir dudó un momento.
—¿Y si ella, advertida de mi presencia se escapase? ¿Acaso no doy tiempo para que así suceda?—se preguntó crudamente.
La viuda, para que se tranquilizara y marchase, le prometió que haría venir á Olí lo más pronto posible; y confiando en esta promesa partió. Delante de él, por los pendientes senderos, montado sobre un caballo fuerte y manso iba el guía, á veces perdiéndose entre las nieblas de las silenciosas lejanías, á veces destacándose sobre el fondo del camino como sobre una tela gris una pintura á la aguada. Anania iba detrás; dentro de él y á su alrededor todo era niebla, pero distinguía detrás de aquel velo fluctuante el ciclópeo perfil del monte Spada, y en su interior, entre las nieblas que le envolvían el alma, descubría su propia alma grande, inmensa, dura, monstruosa como el monte.
Un silencio trágico rodeaba á los viajeros, solamente interrumpido de vez en cuando por los gritos de los buitres. Á ambos lados del sendero, abierto en la misma roca, se vislumbraban, entre la niebla, formas extrañas; y los gritos de las aves de rapiña parecían las voces salvajes de aquellas misteriosas apariciones, llenas de espanto y cólera por la presencia del hombre. Anania creía andar entre nubes, á veces sentía la sensación del vacío, y para vencer el vértigo tenía que mirar intensamente el sendero, bajo los pies del caballo, mirando fijamente las hojas húmedas y relucientes del suelo pizarroso y las pequeñas matas violetas del tirtillo, cuya aguda fragancia difundíase entre la niebla. Cerca de las nueve—afortunadamente para los viajeros que recorrían entonces un peligroso y estrechísimo sendero recortado en la cúspide misma del monte Spada—se rasgó la niebla; Anania prorrumpió en gritos de admiración arrancados casi violentamente por la belleza extraña y magnífica del panorama. Todo el monte aparecía cubierto de un manto violeta del florido tirtillo; más allá la visión de los valles profundos y de las altas cimas hacia las cuales se acercaban, vistas á través del desgarrón de la niebla luminosa, entre juegos de luz y sombra, bajo el cielo azul lleno de nubes extrañas que se desvanecían lentamente, parecía el sueño de un artista desequilibrado, un cuadro de inverosímil belleza.
—¡Qué grande es la naturaleza, qué hermosa y qué fuerte!—pensaba Anania enternecido.—En su seno inmenso todo es puro; si nos encontrásemos aquí los tres solos, Margarita, ella y yo, ¿quién sería capaz de pensar en las cosas impuras que nos separan?
Una ráfaga de esperanza pasó por su alma; ¿y si Margarita le amase de veras, tanto como había demostrado amarle durante aquellos últimos días? ¿Si consintiese...?
Llevando esta loca esperanza en el corazón, soñó largo rato, hasta llegar al fondo de la vertiente del monte Spada para empezar de nuevo la subida hacia la más alta cumbre del Gennargentu. Por el fondo del valle pasaba un torrente, entre enormes rocas y alisos sacudidos por ráfagas de viento. En el silencio profundo de aquel misterioso paraje el rumor de los árboles causó en el joven una sensación extraña; parecióle que aquel viento era movido por la esperanza que le animaba, esperanza que conmovía todas las cosas, y hacía temblar los alisos solitarios cual si fueran hombres salvajes asaltados por misteriosa alegría en su hosca soledad.
Por contradicción de ideas recordó la impresión sentida pocos días antes en un bosque del Orthobene sacudido por el viento; también entonces los árboles le habían parecido hombres, pero hombres desventurados que el dolor retorcía; y hasta cuando el viento calmaba, seguían temblando, como seres hechos á la desventura que hasta en los momentos de dicha, piensan en el próximo, inevitable, dolor.
De pronto recayó en sus sombrías ideas; un proyecto extravagante relampagueó en su mente. Matar al guía y hacerse bandido. Después sonrióse y se preguntó: