—Es verdad. Se ve divinamente.

—¡Lástima que este endiablado viento sea tan rabioso! ¡Vete al diablo, viento maldito!—gritó desaforadamente el guía.—¡Si no fuera por él, casi podríamos enviar un saludo á Nuoro, tan cerca parece hoy!

Anania recordó la promesa hecha á Margarita:

«...Desde la más alta montaña sarda le enviaré un saludo; echaré al aire tu nombre y mi amor, como quisiera hacerlo desde la cumbre más elevada de la tierra á fin de que el mundo entero quedase atónito...».

Y le pareció que el viento le arrancaba el corazón, estrellándolo contra los graníticos colosos del Gennargentu.


Al regreso creía encontrar á su madre en casa de la viuda y, después de dejar el caballo al guía, corrió ansioso, atravesando el desierto pueblo, hasta llegar á la negra puertecilla de la tía Grathia. Caía tristemente la tarde, un viento fresco soplaba por las callejuelas pendientes, de suelo rocoso; el cielo tenía un color pálido, parecía un día de otoño. Anania se paró frente á la puertecita, escuchando. Silencio. Á través de las rendijas veíase la luz rojiza del fuego. Silencio.

Anania entró y sólo vió á la vieja que hilaba sentada en su escabel de siempre, tranquila como un espectro. Sobre las brasas hervía la cafetera, y de un pedazo de carne de oveja ensartado en un asador de madera chorreaba la grasa sobre las ardientes cenizas.

—¿Y qué?—preguntó el joven.

—¡Ten paciencia, joya de la casa! No he encontrado ninguna persona de confianza que fuera por allá abajo. Mi hijo no está en el pueblo.