—¿Y el cochero?

—¡Ya te he dicho que tengas paciencia!—exclamó la viuda, levantándose y colocando el huso sobre el escabel.—Precisamente he suplicado al cochero le dijera que es preciso que mañana sin falta venga aquí. Le dije: «Le suplicarás en nombre mío que venga, porque tengo que contarle una cosa importantísima que le interesa. No le digas que Anania Atonzu está aquí; y que Dios te recompense, hijo mío, porque harás una obra de caridad».

—¿Y él? ¿Él ha prometido...?

—Él ha prometido hacerlo como yo se lo he dicho; es más, me ha prometido traerla en el coche.

—¡No vendrá! Ya veréis como no vendrá—dijo Anania inquieto.—Y menos mal si no se escapa. He hecho mal en no ir yo mismo... pero aún tengo tiempo...

Y quería marchar en seguida hacia la caseta del peón caminero; pero después se dejó convencer fácilmente y esperó.

Pasó otra triste noche; á pesar del cansancio que le molía los huesos, apenas pudo dormir sobre aquel duro camastro donde había recibido su triste vida y donde hubiese querido morir aquella misma noche.

El viento pasaba aullando sobre el techo con rumor de mar tempestuoso, y su voz retumbante recordaba á Anania su infancia melancólica, sus terrores lejanos, las noches de invierno, el contacto de su madre que se acercaba á él más por miedo que por cariño. No, no le había amado nunca, ¿á qué forjarse ilusiones? no le había amado: y tal vez esta había sido su más horrible desventura y causa de la pérdida inexorable de Olí. Él lo veía, lo sabía; y sentía una tristeza morbosa, sentía una imprevista piedad de sí mismo, víctima del destino y de los hombres.

Si ella hubiese llegado aquella noche, en uno de aquellos momentos de terror y piedad que la voz del viento despertaba en el joven, la habría acogido tiernamente y perdonado; pero pasó la noche y amaneció un día que el viento hacía melancólico, y pasaron las horas más tristes y ansiosas de su vida. Durante aquellas horas dió vueltas por las callejuelas como impulsado por el viento, entró en algunas casas, bebió aguardiente, volvió á casa de la viuda y sentóse junto al fuego, asaltado por calofríos y dominado por una aguda nerviosidad.

La tía Grathia tampoco podía estarse quieta; iba de un lado á otro de la casa y, apenas terminaron la modesta comida, salió al encuentro de Olí, después de haber rogado á Anania que se tranquilizara.