—Ten en cuenta que ella te tiene miedo...
—¡Pierda cuidado, santa mujer!—contestó con desprecio.—Ni siquiera la miraré; sólo le diré unas cuantas palabras.
Transcurrió más de una hora. El estudiante recordaba con amargura aquellos momentos en que esperaba la vuelta de tía Tatana; y al propio tiempo que anhelaba la llegada de Olí, la triste llegada que debía de una vez poner fin á sus tormentos, se sentía devorado por un profundo deseo: ¡que no llegase nunca, que hubiese huido, desaparecido para siempre!
Y pensaba con triste resignación:—¡Está muy enferma, se morirá pronto!
La viuda entró, sola, apresurada.
—¡Cuidado, no te encolerices!—le dijo en voz baja, rápidamente.—¡Viene, viene! Ya está ahí; se lo he dicho todo. ¡Mucho cuidado! Tiene un miedo atroz. ¡No la maltrates, hijo mío!
Salió de nuevo, dejando abierta la puertecita que el viento empezó á sacudir, empujándola, atrayéndola, cual si jugara con ella. Anania esperaba pálido, inconsciente.
Cada vez que la puerta se abría, el sol y el viento penetraban en la cocina, lo iluminaban y sacudían todo, y desaparecían para volver á presentarse de nuevo. Durante uno ó dos minutos Anania siguió inconscientemente el juego del sol y del viento, pero de pronto se cansó y levantóse para cerrar la puerta, nervioso, colérico y con el rostro ceñudo.
De este modo apareció ante la pobre mujer que avanzaba temblorosa, tímida y cubierta de andrajos como una mendiga. Él la miró; ella le miró: el espanto y la desconfianza se reflejaban en los ojos de ambos. Ni él ni ella pensaron en tenderse los brazos, ni en saludarse: todo un mundo de dolor y culpa se interponía entre ellos y les dividía inexorablemente, mucho más que si fuesen dos enemigos mortales.
Anania sujetaba la puerta, apoyándose en ella, todo inundado de sol y de viento, y seguía con los ojos á la desdichada Olí, que, casi empujada por la tía Grathia, avanzaba hacia el hogar. Sí; era ella, la pálida y descarnada aparición entrevista en la negra ventana de la caseta del peón; en aquel rostro amarillo-grisáceo, los ojazos claros, sin brillo por la debilidad y el miedo, parecían los ojos de un gato salvaje enfermo. Apenas se sentó, la viuda tuvo una magnífica idea; ¡dejó solos á los dos huéspedes! Pero Anania, dando un portazo y muy irritado, corrió detrás de la tía Grathia.