—¿Dónde va? ¡Venga, vuelva en seguida, si no, yo también me marcho!—dijo ásperamente, alcanzando á la vieja mientras subía la escalerilla.

Olí debió oir la amenaza, porque cuando Anania y la viuda volvieron á la cocina, estaba llorando junto á la puerta pronta á marcharse. Ciego de vergüenza y dolor, el joven corrió hacia ella, la cogió por un brazo, la echó hacia dentro y cerró con llave la puerta.

—¡Nooo...!—gritóle, mientras la pobre se acurrucaba, formando casi una bola y llorando convulsivamente.—¡No, no partirá V.! No volverá á dar un solo paso sin mi consentimiento. Puede llorar todo lo que quiera, pero de aquí no saldrá jamás. Los alegres días se han acabado.

Olí lloró más fuerte, sacudida toda ella por un temblor de espasmo; y sus sollozos fueron como una frenética irrisión á las últimas palabras de Anania; y él lo advirtió, y la vergüenza sentida por las monstruosas palabras pronunciadas, aumentó su furor.

¡Ay! el llanto de aquella mujer le irritaba en vez de conmoverle; vibraban en sus nervios temblorosos todos los instintos del hombre primitivo, bárbaro y cruel; y él lo veía, pero no sabía dominarse.

La tía Grathia le miraba aterrada, comprendiendo que Olí tenía razón en temerle; y sacudía la cabeza, amenazaba con sus manos levantadas, se agitaba pronta á todo con tal de impedir una escena violenta; pero no sabía qué decir, no podía hablar... ¡Ah! ¡Era endiablado aquel hermoso muchacho, tan bien vestido; era peor y más terrible que un pastor orgolense con la mastrucca[51], más terrible que los bandidos que había conocido en la montaña! ¡Ella se había imaginado una escena bien distinta de aquella!

—Sí—continuó diciendo Anania, bajando la voz y parándose frente á Olí:—sus viajes han acabado. Hablemos con calma y razonemos; es inútil que llore; por lo contrario, debe alegrarse de haber encontrado un buen hijo que le restituya bien por mal, porque debe esperar de él mucho bien. De aquí no se moverá mientras no ordene lo contrario. ¿Entendido? ¿entendido?—repitió, alzando de nuevo la voz y golpeándose el pecho.—Ahora yo soy el amo; ya no soy el chiquillo de siete años á quien se engaña y abandona vilmente; ya no soy la inmundicia que echó V. á la calle; ahora soy un hombre ¿entiende? y sabré defenderme, sí, sabré defenderme, sabré defenderme, porque hasta ahora no ha hecho V. más que ofenderme, matarme un día y otro siempre á traición ¡siempre! ¡siempre! y echarme por el suelo, ¿entiende? echarme por el suelo de cada día más y más, como se derriba una casa, un muro; así, piedra á piedra, piedra á piedra...

Y hacía el ademán de derribar un muro imaginario, encorvándose, sudando, casi oprimido por un verdadero esfuerzo físico; pero de pronto, improvisamente, mirando á Olí que lloraba sin cesar, sintió su ira calmarse, desvanecerse. Se quedó frío, helado. ¿Quién era aquella mujer á quien insultaba? ¿Quién era aquel montón de andrajos, aquel bicho asqueroso, aquella mendiga, aquel ser sin alma? ¿Era capaz de comprender lo que le estaba diciendo? ¿Lo que había hecho? Además ¿qué podía haber de común entre él y aquella criatura inmunda? ¿Era verdaderamente su madre aquella mujer? ¡Y aunque lo fuera! No es madre una mujer que realiza el acto material de dar á luz una criatura, fruto de un momento de placer, y después lo abandona en medio de la calle, en brazos del pérfido Acaso que lo hizo nacer. No, aquella mujer no era su madre, no era una madre, ni aun inconsciente; nada le debía. Tal vez no tenía el derecho de reprocharla, pero tampoco tenía el deber de sacrificarse por ella. Su madre podía ser tía Tatana ó tía Grathia, tal vez María Obinu, tal vez tía Bárbara ó Nanna la borrachona: todas, excepto la miserable criatura que tenía delante.

—Hubiese hecho divinamente no ocupándome de ella, como me aconsejaba la tía Grathia—pensó.—Tal vez sería mejor que emprendiese de nuevo su camino. ¿Qué puede importarme su persona? No, no me importa nada.

Olí seguía llorando.