—Á ver si terminamos—dijo fríamente, sin cólera alguna; y viendo que seguía llorando con más fuerza, se volvió hacia la viuda y le hizo una señal para que tratara de consolarla y acallarla.

—¿No ves que tiene miedo?—murmuró la viuda al pasar por su lado.

—¡Vamos! ¡vamos!—dijo golpeando suavemente la espalda de Olí.—No llores más, hija mía. Ten valor, ten paciencia. Es inútil que llores; no te comerá; después de todo, es el hijo de tus entrañas. ¡Vamos! ¡vamos! Toma un poco de café y después hablaréis con más calma. Hazme el favor, hijo mío, Anania, sal un poco á la calle; después hablaréis con más calma. Sal, sal fuera, alhaja de la casa.

Él no se movió, pero Olí se calmó bastante y, cuando la tía Grathia le trajo el café, cogió la taza con sus manos temblorosas y lo sorbió ávidamente, mirando por todas partes con los ojos aún espantados, temerosos, y que sin embargo reflejaban de cuando en cuando relámpagos de placer. Le gustaba con delirio el café, como á casi todas las mujeres sardas de la clase baja, y Anania, que había heredado algo esta pasión, la miraba y contemplaba, habiendo recobrado por completo el equilibrio; y le parecía ver una bestia salvaje y tímida, una liebre mordisqueando uvas en la viña, estremeciéndose por el placer del pasto y por el miedo de ser sorprendida.

—¿Quieres un poco más?—preguntó la tía Grathia, inclinándose hacia ella y hablándole como á una chiquilla.—¿Sí? ¿No? Si quieres un poco más lo dices. Dame la taza y levántate, lávate los ojos, tranquilízate. ¿Has oído? ¡Ea, arriba!

Olí se levantó, ayudada por la vieja, y fué derecho á la tinaja del agua donde acostumbraba lavarse veinte años antes; primero quiso lavar la taza, después se lavó la cara y se enjugó con el delantal agujereado. Sus labios temblaban, algún sollozo sacudía aún su pecho, y sus ojos, enrojecidos y profundos, enormes en su pequeño rostro más pálido después de haberse lavado, huían la mirada fría de Anania.

Éste miraba el delantal agujereado y pensaba:

—Será preciso hacerle en seguida un vestido; verdaderamente va asquerosa. Aún me quedan sesenta liras de las clases que he dado en Nuoro; ¡qué bien hice en darlas!... Aun podré encontrar otras. Venderé los libros... Es preciso vestirla y calzarla en seguida... De seguro tendrá hambre...

Como si adivinara su pensamiento, la tía Grathia preguntó á Olí:

—¿Tienes hambre? Si tienes hambre dilo en seguida; no te dé vergüenza; quien tiene vergüenza no come. ¿Tienes hambre? ¿No?