—No—contestó Olí con los labios temblorosos.

Anania se turbó al oir aquella voz; era la voz de un tiempo, sí, la voz lejana, la voz de ella. ¡Sí, aquella mujer era ella, era ella, era la madre, la sola, la verdadera, la única madre! Era la carne de su carne, el órgano enfermo y podrido que le mataba, pero del cual no podía separarse sin perder la vida; el órgano que debía curar, sobreponiéndose á todos los espasmos de la terrible cura.

—Entonces siéntate aquí—dijo la tía Grathia, acercando dos escabeles al hogar;—siéntate aquí, hija mía, y tú siéntate también, alhaja de la casa. Sentaos juntos y hablad...

Hizo sentar á Olí y pretendía hacer otro tanto con Anania: pero éste se desprendió bruscamente.

—Dejadme en paz; ¡ya he dicho que no soy ningún chiquillo!

—Además—siguió diciendo, andando de un lado á otro de la cocina,—tenemos poco que hablar. Ya he dicho cuanto quería decir. No se moverá de aquí mientras yo no lo disponga; le comprará V. unos zapatos y un vestido... yo daré el dinero para ello... de todo esto ya hablaremos más tarde... Y ahora—y alzó la voz para indicar que se dirigía á Olí—conteste: ¿qué tiene V. que decir?

Olí no contestó creyendo que seguía hablando con la viuda.

—¿No has oído?—le dijo la tía Grathia con voz dulce.—¿Qué tienes que decir?

—¿Yo?—dijo ella en voz baja.

—Sí, tú.